
In memoriam Nicolás Durán de la Sierra (QEPD)
Hay brisas perfectas en la noche del Caribe mexicano, que sirven para la remembranza y para reposar en imágenes que, más allá de su falsía o de su defecto, ahí están en la memoria, en lo que somos y fuimos.
Cuando pienso en El Minotauro, no dejo de imaginar sus laberintos: hechos ellos de letras, de sueños, de libros infinitos y de manjares que devoró en su espera de doncellas y caballeros.
Ahí estaba siempre pensativo con su voz hueca, recordando a su madre y su compañera que partió antes. Los años vienen siempre con ganancias y pérdidas.
El Minotauro se transfiguró para ser Nico, aquel hombre que editaba libros, con tanto amor, que volaban como mariposas en las tardes y las noches de este suelo que amó, desde que eligió aquí vivir y morir.
Hace casi 20 años se repantigó frente a mí para decirme que estaba en el lugar (oficina) equivocado. Tenía razón. La afabilidad de las charlas nos condujo a ese sendero de la amistad que tiene vértices de extrema camaradería, como cuando fue jurado del concurso Rafael del Pozo y Alcalá, o como aquellas veces que desayunamos en el restaurante de la Gran Plaza, donde el Minotauro paseaba su figura, siempre con un bolso atravesado en el pecho, como quien resguarda a un niño: eran sus libros que entregaba como dulces a quien encontraba en el paso de su diario laberinto.
Voy a extrañar su punzante y aguda columna, que publicó por años en Grupo Pirámide, su voz profunda y sabia que me decía que el mundo todavía está cuerdo.
Descansa en paz, Minotauro, hiciste de tu vida una fiesta que valió siempre la pena