Quinta entrega de las crónicas desde Cuba. Empezamos a descubrir la verdadera Cuba, después de varios días en un hotel y del asedio de los jineteros.

 

 

Por Luciano Núñez 

 

La Habana, Cuba. 13 de diciembre. Huimos del hotel del centro, agobiados por el asedio de los jineteros. Arrastramos nuestros bolsos con la sensación de burlar a una guardia permanente y todopoderosa que vela por nosotros día y noche. No tenemos rumbo y nos adentramos en una calle cercana al Parque Central, donde encontramos y nos montamos en otro bici-taxi: ya nuestro sistema de movilidad preferido.

Miro los bultos e intento calcular si las nuevas pantorrillas soportarán todo el equipaje y a nosotros. El hombre mira con desdén y afirma que claro que puede. Comienza a conducirnos por callejuelas de Centro Habana y vamos a Cayo Hueso. Aquí florecen los basureros por las esquinas y gente de edad adulta mira a la nada en los pórticos de sus casas. Me imagino a Leonardo Padura y su novela Como polvo en el viento. Esas miradas que van muy adentro, quizás, y más allá de la isla, tejiendo futuros en otra frontera, no detenida.

Las casas están al borde del colapso: son construcciones de los años cincuenta o de antes, que no han tenido mantenimiento en décadas: ni pintura y menos revoque. Acaso una remodelación para albergar a más personas. De repente, aparece una gran construcción: el Hospital Hermanos Ameijeiras en el que, me asegura el ciclista, fue operado Julio Iglesias y donde Diego Maradona recayó después de tanta gloria y tantos excesos. Las calles tienen más baches.

El conductor aclara que las medicinas no son gratuitas, como piensa la gente que no vive en Cuba. La atención médica sí. Bordeamos una calle y una cinta amarilla anuncia un accidente y nos alarmamos. “Hubo un derrumbe”, aclara el hombre sin dejar de pedalear. Seguimos y vemos pequeños negocios: verdulerías y barberías. Todo se repite en su decadencia hasta que llegamos al hostel que nos han recomendado en Cancún: El cuarto de Tula, en honor a esa vieja canción que revivió Buena Vista Social Club en los años noventa. Ahí nos espera Enzo, quien se sienta con nosotros para hablar de su minipime. Es agradable y muestra una amabilidad genuina, a leguas diferente a la del vendedor de habanos callejeros.

“La gente se va a dormir a las ocho de la noche, como si se recluyeran de la pandemia”

Nos dice que el gobierno ha abierto la posibilidad de la inversión. “Esto era una casa antes de la pandemia y ahora es hostel”, cuenta Enzo al lado de una ventaba que deja pasar la luz como si fuera una gelatina expansiva y alada. Las paredes y el techo están decoradas con objetos de madera y frases de la poeta que dejó aquí su huella. El bloqueo de Trump (Donald) a los cruceros y la dificultad de los turistas norteamericanos para llegar es parte del bajón de turistas.

Aquí una foto del recuerdo con Enzo, en su hostal, El Cuarto de Tula.

La gente se va a dormir a las ocho de la noche, como si se recluyeran de la pandemia”, me cuenta el empresario cubano. Su madre adora al Che. Dice que la revolución trajo la educación a la isla y, de algún modo, hacerlos creer que son algo único en el mundo. “Eso ha hecho del cubano una persona orgullosa, como los argentinos”, compara en una tarde lluviosa que machaca las fachadas que se destiñen en el reflejo de la calle.

En el Cuarto de Tula volvemos a sentirnos en casa.

La camarera surge risueña desde la habitación contigua. Al poco tiempo, cuenta que sus amigos han emigrado y ella misma sueña con ese día en que le toque hacerlo. Me recomienda el picadillo que, efectivamente, me trae a la memoria el gusto del pastel de carne de mi madre. Se entrega de lleno a la charla y nos cuenta que su madre alimenta a un ídolo de la santería, más precisamente de la cultura haitiana.

El picadillo, uno de los platillos típicos de Cuba. Imperdible.

“Hay quienes andan vestidos de blanco para tener acceso a otro estadio de la elección espiritual”, cuenta brevemente. Las luces se van apagando afuera y adentro se encienden mortecinas. Recordamos que tenemos boletos para lo que queda de la mítica banda Buena Vista Social Club. Veo la foto y advierto que no está ninguno de los originales, pero qué importa. No me iré de Cuba sin verla.

Llegamos y al poco tiempo el mojito aparece en su verde ramificación sobre la mesa y el show comienza. Cantan con gracia y el espectáculo es super movido, más aún cuando pedimos las cubas libres: ron con refresco de cola. Miro el celular y recuerdo a la camarera que dijo que los celulares son ridículamente caros y que sólo se consiguen en el mercado negro. Ella también me repite que se puede caminar tranquilo por la calle.

Enzo tiene un restaurante con una carta muy variada. La clave, asegura, es comprar a los importadores que llegan al puerto. “Si Estados Unidos le sacara el bloqueo a Cuba, mucha gente podría volver a invertir”, confía. Mientras tanto, los cubanos hacen zigzagueantes filas en la madrugada para comprar pollo o artículos tan básicos como el pan. Los vemos a nuestro regreso del show, a las 11 y 30.

Almendró, para ver al Buena Vista Social Club

Tomamos un almendrón, que es taxi desde hace 10 años, un Fiat 1600 verde que está impecable y se puede pedir por la aplicación La Nave, el Uber de Cuba, que está de moda desde hace dos años, fecha desde la que también funcionan las tarjetas MLC (Moneda Libremente Convertible) para la venta de productos alimenticios y de aseo. Sin embargo, en la isla el imán son los dólares, así como en Argentina, para ahorro o para sentir que hay algo estable en la vida endeble de futuro.

Me había sorprendido que el auto tenga una pantalla táctil al frente del tablero. Así es Cuba: entre lo nuevo y lo viejo.

Los «almendrones», de todos los colores, circulan por toda la isla como una atracción visual imperdible.

Si leíste esta crónica, te puede interesar:

Cuadernos desde Cuba | 4) Partagás, las 60 clases sociales y la cabeza de cerdo

Síguenos en Google News Únete a nuestro grupo de WhatsApp