En la tercera entrega les comparto mis percepciones de esta nueva Cuba, con negocios que comienzan a instalarse, mi viaje en bici-taxi y el constante asedio de los jineteros.

 

Por Luciano Núñez

La Habana, Cuba. En unos días abrirán un negocio en La Habana unos amigos cubanos que viven en Cancún. Voy con mi novia: una Barbie que, sin fusil, ha revolucionado mi vida desde que apareció hace cinco años.

Nuestros amigos son en extremo amables y nos invitan a arroz con frijol y carne de cerdo que saben a maná. Yo me moldeo la barba y mi Barbie las uñas, y, mientras eso sucede, me ilusiona que hay otra Cuba que comienza, muy débilmente, a renacer.

Barbie en Cuba, con la camiseta del Boca Juniors y la gorra de la Revolución, en las callas de La Habana.

En Miami hay cientos de cubanos exitosos que podrían volver a invertir, no por el gobierno, no por el socialismo, sino por sus seres queridos que aman la tierra del tabaco y el ron. La mujer que coordina la tienda dice que estuvo un mes en Venezuela, pero no se acostumbró.

Me había contado Francisco López Sacha que vivió un tiempo en Washington y que extrañaba ese modo tan rápido y cantado para hablar. Decía que el cómico Tin-Tan imitaba muy bien a los cubanos.

De regreso al hotel, nos aborda una pareja: ella está embarazada y él, con sólo vernos caminar, sabe que somos turistas. Piden ropa o jabones. Subimos para regresar con algo de lo que pudimos llevar y, al ver el botín, piden más.

Nada es suficiente en Cuba. Me imagino que lo que podamos darles es menos que una gota en un inmenso mar de necesidades.

La demanda es brava, honda, insaciable.

En el taxi que jamás han asaltado

Esta es una moto-taxi, que cubre la ruta del malecón, con los paisajes típicos de Cuba.

Caminamos a la una de la mañana con seguridad, porque nos aseguran no pasa nada. Al otro día, subimos a un taxi y el conductor nos dice lo contrario. “Claro que sí pasan cosas. No se fíen”, aconseja. Le pregunto si alguna vez lo han asaltado y niega con la cabeza.

“En Argentina, creo que no hay taxista que no haya sido asaltado”, y se asombra.

En México, muchos taxistas están involucrados en el tráfico de drogas y han sido brazo político con reclamos que paralizan la ciudad.

Me dice que ha sabido que en México se paga “derecho de piso” para poner un negocio y le confirmo su percepción y pienso que cada país tiene su purgatorio. “Eso, chico, aquí no existe. Si te metes con drogas, seguro vas a la cárcel”, insiste.

Tuve que cambiar dinero en el hotel y caí en la cuenta de que sus cuentas huelen a estafa. Me dieron 200 pesos por dólar y, en la calle, el cambio ronda los 260. Me imagino a Sacha leyendo mi novela mientras comienzo la suya, que en las primeras páginas describe un furibundo encuentro sexual y recuerdo que se casó más de cinco veces.

Sin un chip, estamos aislados del mundo virtual. Por ello, la estrategia es sortear la los jineteros que están asolando el hotel y llegar a las calles aledañas, para luego tomar un taxi con tarifas locales.

Partagás y el trato fallido

Aquí se ven los clásicos autos llamados «Almendrones» al lado de edificios céntricos, con fachadas de los años 40 y 50.

 

El asunto del acoso ha llegado a tal punto que casi me cruzo a golpes con uno de ellos. La idea era conocer la fábrica de habanos que la revolución ha hecho tan iconoclasta, además del cine y George Peppard en Brigada A.

Apenas salimos, intentamos llegar a un acuerdo con Efraín, quien tiene pinta de estar menos frenético que los otros y habla pausado. Tiene más de 120 kilos y la tez trigueña, bajo una gorra que parece nunca sale de la testa.

Llegamos a un trato de 20 dólares por ir y regresar a la fábrica Partagás, que está a unos 15 minutos del centro. Los tickets cuestan 10 dólares por persona y se compran en un hotel, el único de Cuba que pueda alojar a personas de preferencias sexuales diversas. Por ello sondea una bandera del arcoíris arriba del marco de la puerta y las molduras de la fachada de otro tiempo.

Apenas ponemos un pie en la calle, el macilento muchacho de gorra me dice que “allá los dejo y se cogen otro taxi”. Mi novia se sulfura primero y abortamos el trato e intentamos huir, pero nos siguen de cerca otros dos jineteros que tienen autos antiguos a pocos metros, que en cuba llaman almendrones.

Insistimos en que ya no y nos siguen por la calle peatonal. Transitamos más de una cuadra y alcanzamos a escuchar que se pelean por el viaje fallido y sentimos que nos llaman de lejos. Transitamos más de una cuadra hasta que me da alcance uno de ellos. Me volteo y le digo con mi arcaico argentino: “¡Qué carajos!, ¿no entendés? ¡Te dijimos que no!”

Una mujer cubana vestida de blanco al lado de un clásico auto cubano, que pueblan las calles de La Habana.

El cubano me amaga con el puño lanza: “Te daría un trompón.” Me sale lo mexicano y lo sigo repitiéndole que le iba a partir bien su madre. No huye por mí: a 20 metros están dos militares que ven el mundo pasar, pero están ahí. Les pregunto qué pasaría si hay gresca: “Usted dele un trompón, porque para él sería cárcel. El asecho a los turistas está penado por ley”, me aclara.

Pienso por qué pasó eso: la primera razón es que el turismo disminuyó de manera dramática, desde que Donald Trump impidió que llegaran los cruceros a Cuba. El bajón desde ese tiempo ha sido sideral y letal.

La estatal Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) de Cuba reportó que el país recibió un millón 814 mil visitantes internacionales, entre enero y septiembre de 2023, un incremento de más dos tercios respecto del mismo período de 2022, pero bien lejos del objetivo del gobierno de 3,5 millones de visitantes internacionales.

Infiero que el país del norte prefiere alentar el turismo en islas donde están sus inversiones: República Dominicana, Puerto Rico y Hawai.

En la bici-taxi china

Aquí vamos en viaje en bici-taxi por las calles de La Habana rumbo a Partagás, fábrica de puros.

Vemos que están a mano los bici-taxis y subimos para aventurarnos por las calles supermovidas de La Habana. El camino es full color desteñido y sentimos que todo va en cámara lenta. El dueño del móvil tiene pantorrillas como pelotas de baseball y dice que estas bicis llegaron de china para el traslado de mercadería. La necesidad cubana las adaptó para idear un modo de transporte más barato.

Dice que con un buen día puede con sus piernas puede sacar hasta mil 500 pesos, unos seis dólares; ahora, si lo que pasea son turistas, el asunto cambia para este hombre que pedalea desde hace 26 años para llevar el pan a su casa.

Atardecer en Cuba, con un cielo iluminado todavía mientras las luces de los edificios comienzan a encenderse.

Ambos empatizamos y concluimos a pocas cuadras en que la revolución ha fracasado en muchos sentidos. Me dice que aquella idea del Che del “trabajo comunitario”, es decir, trabajo sin paga, no funcionó. Todo lo contrario: hay más pobreza y más desigualdad.

“Sin paga no generas prosperidad”, argumenta el conductor. “Aquí las clases sociales se han multiplicado como los panes y los peces. Hay trabajadores que ganan mil 500 pesos (cuatro dólares) y una canasta de huevos cuesta tres mil pesos (unos ocho dólares)”, me había dicho Sacha quien, sin embargo, no sale ni a cañonazos de Cuba.

Llegamos a la fábrica y el taxista se instala a esperarnos armado con su celular en mano. Hasta aquí llego hoy, mañana les cuento cómo me fue en le fábrica de tabacos.

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