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Literatura | La ciudad sin mí / Isabel Rosas Martín del Campo

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Por Isabel Rosas Martín del Campo

 

Me encuentro en el balcón de mi casa, veo un paisaje que antes no me daba cuenta de que se postraba ante mí todas las mañanas, incluso me gritaba con el viento, con la lluvia, con los rayos del sol colados por los resquicios ondulantes de las cortinas y yo, sin darme cuenta. Este paisaje no es uno como los que imaginamos siempre; la selva, la pradera, el bosque, la playa, la tundra, la sabana. Este paisaje, también tiene muchos colores, texturas, formas, claro oscuros; como si fuese un collage de ideas que oculta rostros y cuerpos detrás de sus cortinas como consignas urbanas. La calle está de por medio, como un río muy distinto al del paisaje de mi memoria; sus peces de metal brillan resplandecientes como espejos, mientras los transeúntes brillan por su ausencia. Uno que otro atraviesa el río de asfalto indiferentes ante sí. Parece como si se quisieran evitar. ¡Ah!, he recordado en este encierro que esa es la consigna. Evitar acercarme a mis iguales, que son una amenaza para mi vida, quizá lo sean, o yo, sea la amenaza para ellos.

 

Mi balcón enmudece de pronto en las mañanas para dejarme escuchar aquellas aves que anidan los cables a falta de frondas verdes. Los he mirado con cierta vergüenza, les quitamos sus ciudades y les hemos dejado pendiendo de un hilo. Mi paisaje no tiene más fauna que no sea le de perros callejeros y, los más suertudos, perros con correa, paseados como esclavos, en grupo, con otros más, mientras su paseante piensa que son felices cuando todos al unísono ladran al perro que husmea en la basura un poco de alimento, pero libre, sin ningún tipo de atadura que no sea su cansancio por andar por las calles. Me pregunto cuántas historias podrían contar estos indigentes caninos a esta mata de perros acicalados cuya única esperanza es correr dentro de sus casas donde por fin se encuentran sin ataduras. Me pregunto también cuales historias serán más interesantes, porque por poco preveo que serán muy parecidas a las rutinarias historias de todos nosotros antes de este encierro “inmerecido”.

 

Mi balcón está vivo y yo no me había dado cuenta cuánto tiempo estuvo al borde de la muerte por la desolación de mi ausencia indiferente a su posada muda para mi vista… él tratando de ser rebelde para mis sentidos. Su voz, unas veces es ruidos y otras más es silencio, dependiendo de la hora y de mis ánimos. Llevo cuarenta días confinado en estos muros de los cuales no recordaba siquiera su color, su calidez o su sentido de protección. He pasado muchas mañanas sentado aquí en este pequeño balcón revivido por mis movimientos y mis introspecciones teleféricas. No sé si me estoy transformando en un maniaco cuya mirada salta de mi balcón a los espejos que el poniente me regala cada tarde. Me refiero a esas francas escenas que aparecen justo frente a mí, cuando corren sus ventanas para dar entrada a los crepusculares rayos que, al contrario de mí, antes de la puesta del sol ellos reciben. Sus vidrios me alcanzan a imprimir y puedo adivinar mi propio paisaje, el que ellos miran para sí cada día. Me pregunto si acaso estén sufriendo esta paranoia mía de espiarlos.

 

 

Esta nueva forma de habitar me habita en un sentido. Me ha dejado recibir en el silencio de mi voz, la voz de cada rincón que poco a poco, cada día, fue despertándose del letargo forzado en el que los tenía. Salía, entraba, dormía, comía, como si fuese un autómata, que ya no se da cuenta de qué hace cada día repetido, imitando el ayer para creer que el mañana será mejor luego de tanto ensayo reiterativo de una realidad común y rutinaria.

De pronto, descubrí, aquellos lentes que tenía tiempo de no encontrar. Incluso toqué mis cortinas tiesas, aparentemente ligeras, aferradas a la vida. Hicieron siempre lo imposible por mostrarme su danza eólica de los marzos, o su juego multicolor del mes de abril reflejado en el piso de mi sala. Cuántas veces miré sentado el televisor en este sillón que hoy me colma de calma mientras tengo este libro en mis manos confiándome en secreto la historia de una mujer que quisiera conocer. Si se saliera de estas páginas le invitaría un vino justo en este atardecer de mayo en el que me siento tan inspirado para el amor.

 

¿Podría besarla? o ¿hacerle el amor? O es que este virus invisible me esté enseñando a enamorar a una mujer como realmente debí hacerlo antes, sin tocarla y sin besarla antes de que ocurriese exactamente lo que el amor nos pide para consumarse. Esas conversaciones que se dan mirándose a los ojos y esos abrazos que se sienten mientras le miras sonreír. He puesto un florero en mi mesa. Lo rescaté de lo más profundo de mi alacena, estaba lleno de todo menos de agua y tallos de flores. Cuando esto termine, iré a encontrarla, le mostraré mi paisaje. Mi balcón nos aguardará discreto y cada rincón de mi casa vibrará, mis lentes no volverán a perderse y el florero permanecerá con flores.

 

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(*) Isabel Rosas Martín del Campo es arquitecta, tiene una maestría en escritura creativa y actualmente estudia un doctorado en filosofía del pensamiento complejo.

Su consigna es el estudio profundo del ser humano dentro del espacio arquitectónico como existencia. Es catedrática universitaria, capacitadora certificada, docente certificada para la asignatura de temas de arquitectura y es conferencista en Neuroarquitectura.

Vive en Cancún desde hace veintiocho años.

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