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Opinión | Liu Jiakun y una lección (arquitectónica) urgente para Cancún | Isabel Rosas Martín del Campo


Por Isabel Rosas Martín del Campo

¿Qué nos quiere decir el Pritzker?

Una lección urgente para Cancún. Mientras Cancún se desborda entre megaproyectos, especulación inmobiliaria y desarrollos turísticos que arrasan sin remordimiento con los últimos fragmentos de ecosistemas costeros, el Premio Pritzker 2025 –el galardón más prestigioso de la arquitectura mundial– ha sido otorgado a Liu Jiakun, un arquitecto chino cuya filosofía se opone diametralmente a la que guía las decisiones urbanas en nuestra región.

El arquitecto Jiakun no diseña para el espectáculo; diseña para la vida. Su arquitectura es silenciosa, sensible y profundamente humana. No construye íconos ni busca protagonismo mediático; construye vínculos, memoria y sentido de pertenencia.

¿Qué mensaje envía el comité del Pritzker al premiar, por tercer año consecutivo, a arquitectos cuyo enfoque es social, ecológico y profundamente ético?

¿Qué nos dice este giro hacia lo local, lo reutilizado, lo vernáculo y lo regenerativo? Nos está diciendo que el modelo arquitectónico basado en la rentabilidad, en el derroche de recursos y en la negación del otro, está agotado.

Y, sin embargo, en Cancún y en gran parte del Caribe mexicano, seguimos celebrando ese modelo caduco. La arquitectura aquí se ha convertido en una herramienta de exclusión, donde el diseño responde al interés de las cadenas hoteleras y los grandes capitales, no al bienestar del habitante.

Se construyen muros para proteger al turista del «peligro local», se borran manglares y cenotes como si fuesen obstáculos menores, se levantan fraccionamientos cerrados que privatizan el derecho a la ciudad. Esta arquitectura no es neutral: perpetúa una visión del mundo fragmentada, egoísta, desconectada de la realidad social y ambiental que nos rodea.

Liu Jiakun, en cambio, parte del respeto. De la humildad. En su Liyuan Library, utiliza ramas locales para envolver la estructura y fundirla con el entorno. No impone; dialoga. En su *Museo de la Cultura del Pueblo*, colabora con las comunidades en lugar de sustituirlas. Su obra es prueba de que la arquitectura puede ser un acto de escucha, una forma de sanación, una herramienta para restaurar el tejido comunitario.

Fórmulas importadas y vacías

Aquí, en contraste, parece que diseñamos como si el futuro no existiera. Cancún fue una utopía moderna. Hoy es un laboratorio de distopías turísticas.

¿Cómo es posible que, en un lugar con una riqueza natural y cultural tan desbordante, la arquitectura se limite a copiar fórmulas importadas y vacías, insensibles al paisaje y a la historia local?

¿Cómo es posible que sigamos diseñando, pensando solo en el visitante y no en el habitante?

Desde una visión eco-bio-humana —esa que entiende al ser humano como parte de un sistema vivo e interdependiente—, urge replantear nuestra manera de habitar este territorio.

No se trata de negar el turismo, sino de transformarlo. De exigir proyectos arquitectónicos que no ignoren las voces locales, que respeten el equilibrio ecológico, que apuesten por una estética del cuidado en vez de una estética del capital.

Los últimos ganadores del Pritzker, desde Diébédo Francis Kéré hasta David Chipperfield y ahora Liu Jiakun, nos invitan a volver a mirar hacia adentro: a revalorar lo que ya tenemos, a reutilizar con sentido, a construir desde la comunidad. ¿No es hora de que en el Caribe mexicano empecemos a tomar en serio ese mensaje? Porque seguir ignorándolo es cavar, con cada edificio mal planeado, la tumba del lugar que alguna vez soñamos que Cancún fuera

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