En esta crónica va un recorrido por La Habana en un «almendrón» del año 51, la Fábrica de Arte y los severos contrastes de Cuba.

 

 

Por Luciano Núñez

15/12/2023. La Habana, Cuba. Dios Chac dejó el día soleado y decidimos rentar con unos amigos un almendrón: esos autos a los que la cápsula del tiempo ha detenido en Cuba. Acordamos con Pedro, siempre apostado frente al monumento a José Martí, 25 dólares la vuelta de una hora. Aparece puntual en el mercado de artesanías, donde los artículos repetidos hacen parecer que en la vida todo es un espejo.

Conduce un Chevrolet del año de 1951 en el que trabajan dos jóvenes estudiantes, de Ingeniería y Medicina, ambos a punto de recibirse. Serpenteamos con el descapotable melenas al viento por los laberintos de la ciudad. Se alcanzan a ver las ropas extendidas al sol en los balcones, como lo hacen los cubanos también en Miami, donde está la mayor concentración fuera del país: casi 800 mil.

Nos explican que hubo una migración china importante, pero que, una vez que llegó la revolución al poder, muchos chinos migraron y la comunidad quedó diezmada a un puñado, cuyos descendientes siguen resistiendo el socialismo.

Todo está viejo por donde se mire y, sin embargo, hay una subrepticia alegría en la gente. Llegamos a la Plaza de la Revolución y allí están en gigante, en las paredes de los edificios, las figuras de Camilo Cienfuegos y el Che Guevara y, al frente, el monumento a José Martí, en una planicie de cemento en la que Fidel Castro pronunció sus interminables discursos.

Los jóvenes coinciden en que Camilo era amado por el pueblo y fue una gran figura de la revolución hasta su misteriosa muerte en un accidente aéreo.

Al frente, amado por unos, odiado por otros, el Che acapara las controversias y está en un billete de escaso valor: tres pesos que no valen ni el papel en el que fue impreso. El sol nos hace jóvenes de nuevo, suena Bad Bunny en las bocinas del almendrón, mientras se suceden las paredes que expulsan la costra del pasado.

Cuba aparece sobre ese carro viejo con encanto y simpatía hasta que nos detiene la policía. El chofer hace señas y, al parecer, hay un problema. Pienso que es la cantidad de personas montadas en el carro. Aprovechamos para pagar y nos revelan que el almendrón está “flojo” de papeles” (como se dice en Argentina) para circular.

Gran parte del dinero irá a manos públicas y quizás les quede una lana para la gasolina a estos jóvenes estudiantes.

El Chiquis y el sueño norteamericano

El Chiquis me prestó su almendrón para la foto del recuerdo.

Dejamos atrás el problema y nos montamos en otro taxi, otro almendrón que es verde y lo conduce un hombre por demás serio, que se torna simpático cuando ríe. Su apodo es de entrada risueño: El Chiquis. A pocos metros nos dice, con los ojos saltones, que estuvo a 20 yardas de llegar a Estados Unidos en una embarcación casera.

El destino de su vida sería otro. Hizo todo para torcer hacia el norte y otra fuerza quiso que se quedara en la isla. Los siete fueron detenidos y deportados a Cuba, donde El Chiquis se enamoró y tuvo hijos y una perra que enseña en su celular. Dice que no le va mal en un auto que es del patrón, un amigo al que le debe tener hoy un hogar: le prestó el dinero para adquirir su vivienda propia: unos cinco mil dólares. “No le suena nada a este carrito”, se ufana, porque estudió mecánica y lo reparó “completico”. “Menos la hojalatería, le hago todo”, señala.

El chip cubano ayuda en el ahorro de datos «roaming»

Le narramos las experiencias con los jineteros y confirma que el asedio está penado por ley. “Aún así lo hacen porque ganan más que un médico o un maestro aquí”, asegura.

El Cristo de La Habana.

Cruzamos un túnel construido por la empresa francesa Société de Grands Travaux de Marseille, que va por debajo del mar, para ir a donde está el Cristo de Cuba, el Castillo del Morro y un restaurante, al lado de la bahía, desde donde se puede ver parte de la ciudad que destila su viejo resplandor colonial. Con precio razonable y una charla amena, El Chiquis nos regresa al nuevo hogar, en el hostal El cuarto de Tula. En el camino he comprado un chip: «Ya puedo decir que soy cubano», bromeo a la vendedora y le saco una sonrisa: «Ahora ya sólo le falta el libretón», me contesta. «Ahí va a saber lo que es Cuba», agrega.

En la Fábrica de Arte

Es la última noche en La Habana e intentamos ir a un show de reggaetón, sin embargo, así como El Chiquis nunca llegó a Miami, el destino hace que lleguemos a un lugar fascinante de esplendor colorido, con gente muy moderna y bohemia. Es la Fábrica del Arte, un espacio diseñado en una vieja fábrica de aceite, con paredes tan gruesas que encapsulan el sonido y, a metros, puede pasar un ejército y nadie lo sabría. Hay música en vivo, muestras de arte, restaurantes y exhibiciones fotográficas en cada rincón. La entrada sólo cuesta dos dólares, unos 500 pesos cubanos.

Me ensaño con una muestra fotográfica que revela esa Habana profunda, donde se evidencian la precariedad de las viviendas y el hacinamiento. En un momento, nos perdemos en ese laberinto de escaleras y amplios galerones.

En un salón hay funk, música de los Enanitos Verdes, canciones de pop o disco de los años setenta. Parece un sueño surrealista. El corazón del espacio cultural es el escenario donde toca el grupo Machiran, cuyo cantante mulato tiene una voz blanca, que van ondulante sobre una fusión de jazz, funk y son cubano.

Se ve a una juventud pensante con actitud rebelde, con paredes pintadas con frases de Bukowski y posters de músicos setenteros. Están Fito Páez y Charly García al lado de los Beatles y Janis Joplin.

Así son los nuevos negocios que se abrieron en Cuba, al estilo de Gomart y Oxxo.

No existe aquí ninguna referencia al gobierno, como sí se ve en la televisión abierta: boletines oficiales y loas a la revolución. En la tarde alcancé a ver, en uno de esos comerciales de gobierno, que México había enviado maquinaria pesada para el campo.

Hoy tenemos una fiesta con amigos y hemos pasado a comprar algo en unas tiendas nuevas llamadas TCP, algo así como un GoMart o un Oxxo, donde los precios son en dólares e inalcanzables para un cubano promedio, sin embargo, hay una clase acomodada que puede disfrutar de esa ventana al defenestrado capitalismo, en la zona de Miramar, donde se ven autos del año estacionados y casas de dos pisos, algunas para la alta burocracia nacional y funcionarios extranjeros.

Las clases sociales se han diversificado como las cepas de la covid. Después de varios días, he podido instalar La Nave, aplicación similar a Uber o a Didi, pero no conozco las zonas y me resulta como tener una computadora sin Internet. La ciudad tiene cientos de pasadizos, llenos de historia y escasez, que confirman que la revolución necesita de la contrarrevolución para salir del pasado.

Mañana nos toca ir a la casa de Ernest Hemingway: la última parada.

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