En este recorrido por la isla te cuento mis impresiones de la visita a la fábrica de “tabacos”, la migración de jóvenes a Nicaragua y el tránsito sobre la avenida Reina, donde se filmó Rápido y Furioso.

 

Por Luciano Núñez

La Habana, Cuba. 12 diciembre de 2023. Llegamos a la fábrica de habanos “Flor de Tabacos Partagás” y la cúpula interior está dominada por una gigantografía de Fidel Castro con un habano entre los dientes. Nuestro guía se presenta y tiene un sombrero de dandy, el bigote grueso y dice que se llama Dimas. Nos explica de entrada que Partagás fue fundada por Jaime Partagás, de origen español, que tenía una pequeña fábrica desde 1827. El edificio actual está desde 1845 y es una de las atracciones de La Habana, a unos 15 minutos del centro histórico.

Con suma paciencia el guía nos detalla que las hojas del puro salen de cuatro partes de la planta, y que son las diferentes combinaciones las que hacen las sutiles diferencias entre un Cohiba y un Montecristo, o un Romeo y Julieta o el mismo Partagás. En las escalares, nos revela que su mujer es médica y que gana entre cinco y seis mil pesos al mes (25 dólares al mes). La economía de un maletero, sin tantos años de estudio, es abismalmente mejor porque logra pescar algunos dólares de los turistas, que hacen una gran diferencia. Repite lo del bicicleteo como si estuvieran comunicados por un mismo hilo telepático: “Aquí hay 60 clases sociales.”

Los jóvenes se van por cientos a Nicaragua para alcanzar los Estados Unidos, donde hay más de un millón 300 mil cubanos, según cifras de 2020. Antes de la pandemia, la isla llegó a recibir entre cuatro y cinco millones de turistas al año.

Por una puerta se alcanzan a ver a torcedores que arman los habanos en la fábrica Partagás de Cuba.

Por las puertas de la fábrica se alcanzan a ver a mujeres y hombres armando los tabacos con una maestría propia de quien ha pasado  meses capacitándose para poder armar, en promedio, entre 80 y 100 puros al día, que pasan un filtro de calidad y, de ahí, al anillado y empaque para la venta. Las cajas van desde los 150 dólares en adelante y hasta las hay de mil dólares.

Mientras miro por la ventanilla de la puerta, un joven se acerca raudo a ofrecerme ocho puros por 50 dólares. Lo hace con una discreción tan practicada que, a lo lejos, parecería una charla de dos viejos conocidos. Descarto la idea porque recuerdo mi caja comprada en las ajadas calles detrás del capitolio (ver cuaderno 1).

En Partagás hay al menos 100 torcedores forjando los “tabacos”, como les dicen el Cuba o habanos, como les decimos fuera de la isla. Antes de la pandemia, eran al menos el doble. Al lado, unos 50 estudiantes ensayan el arte de construir ese puro que ha sido tan usado como símbolo de poder. De todos ellos, acaso 20 logren quedarse en la planta: la mayoría deserta por las rudas exigencias de calidad para lograr un producto.

No todos los aprendices llegan a los estándares de calidad y, de 100 estudiantes que ingresan, sólo queda el 20 por ciento.

El sueldo promedio de uno de estos trabajadores es de unos 10 mil pesos al mes (unos 40 dólares), más que los seis mil de un médico, me aseguran. La jornada arranca a las nueve de la mañana y, dependiendo de la habilidad de cada trabajador, pueden demorar en ella hasta las cinco de la tarde. Los más hábiles parten a las tres.

Regreso a la panorámica que ofrece la ventana y me dejo hipnotizar por la maestría de las manos para colocar ese diminuto gorrito en la punta del misil, en la parte donde una boca de quién sabe qué parte del mundo succionará el espeso humo que comenzó a formarse en Pinar del Río, donde se cultivan los mejores tabacos de la Isla.

Con un cuchillo, que tiene el filo de un bisturí, cortan las hojas para moldear los círculos y toman con rapidez la goma de maple, importada de Canadá, para dar el acabado final; para después enroscarlo todo con una hoja más amplia y flexible, húmeda y elástica.

Después de ser forjados por torcedores, los tabacos pasan a la zona de control de calidad.

La “barbie cubana”

La «Barbie Cubana» cruzando una de las avenidas típicas de La Habana.

Retornamos al hotel, de nuevo en bicicleta, mientras el conductor recuerda que por la avenida Reina, donde cruzamos, se filmó Rápido y furioso.

En el camino hay decenas de personas sentadas en los pórticos mirando la nada. Cruza la calle una mujer de edad avanzada con el cabello platinado y vestida como Barbie. Avance o retroceda la bicicleta, la corrosión del cemento es igual: por todos lados el tiempo ha carcomido el fulgor que supo tener la isla. Hay basura en muchas esquinas.

A seis mil 822 kilómetros, El «peluca» Milei ha anunciado que el dólar oficial en Argentina subirá. El humor de mi hermano ha cambiado porque se reencontró con su celular (leer Cuadernos desde Cuba | 2) y hace de cuentas que se lo han regalado. La Biblia enseña que hay más alegría en encontrar la moneda perdida que en la que ya se tiene en la bolsa.

Cuba necesita una revolución contra la revolución.

En la esquina, de regreso, me piden una propina. No entiendo el gesto que pone la mujer cuando le entrego dinero cubano. “Esto no me sirve para nada”, me recrimina. El rostro cambia de amable a siniestro en cuestión de milisegundos y se va vociferando en un español que no alcanzo a entender.

Nada es suficiente aquí, pienso. Cuba necesita una revolución contra la revolución. El ejército que conformó el Che es el sector, aseguran, más beneficiando de la posrevolución, como también en México con el obradorismo; sin embargo, Andrés Manuel López Obrador se ha propuesto beneficiar a los de abajo y aquí son los que más sufren, sin ninguna conmiseración.

Hay una élite público-militar que hizo una revolución e impide a toda costa un golpe al terreno ganado. El contraste social es tan grande que el socialismo de Marx está tan muerto, como la cabeza del cerdo que veremos en la calle.

Decidimos caminar por el centro y vemos que hay hoteles en construcción. Dicen los transeúntes que son de los rusos o los chinos, los más fuertes aliados que le quedan a Cuba en el mundo dominado en Occidente.

Cuba es un accidente político en la geografía americana

Un día de lluvia en Cuba. Los vecinos se reúnen en el frente de sus casas a ver pasar el tránsito.

Aparece de la nada un muchacho muy amable que nos recomienda un lugar, en el que admite,  sólo una vez en la vida ha comido, “es muy rico”, asegura. Tiene la cara flaca y los ojos demasiado tristes para su andar frenético.

Pide que le invitemos un mojito y nos cuenta que en su casa, a unas cuadras de ahí, viven 24 personas, además de él y su esposa. Su única hija está en el “Norte” con su madre mientras cenamos “ropa vieja”, uno de los clásicos platillos cubanos, al lado de unos músicos que ensayan sones con desgano.

Nos vamos y el joven se pierde: infiero que fue a cobrar su comisión y nos alcanza en el camino de regreso, en el que casi nos tropezamos con una cabeza de cerdo inmensa.

Cubano que ama a Messi recibió la camiseta del 10 por su trato amable y servicios como guía en la noche de La Habana.

Le preguntamos y nos dicen que son ofrendas para los orishas, de la santería cubana. “¿Tienen cositas que me regalen?”, pregunta después y subimos para dejarle la camiseta de Argentina, porque jura que ama a Messi y que se rompió la mano aquel día en que falló un penal en la final contra Chile.

Le pregunto cómo ven los partidos y cuenta que se roba la señal. “Tengo como 10 canales. Aquí todos cogemos señal de alguna parte”, dice orgulloso.

Ha comenzado a llover y Cuba se ve más triste y más vieja. Mañana iremos al hostal.

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