Foto: Luciano Núñez. Centro histórico de La Habana, Cuba.

En el mes de diciembre de 2023 estuve en Cuba y decidí llevar una especie de diario para compartir mis impresiones sobre la isla y, sobre todo, su gente.

Será un trabajo de varias entregas y aquí la primera, con la llegada y, pese a la advertencias, ser embaucado por un vendedor callejero de habanos.

Por Luciano Núñez

La Habana, Cuba, 10 de diciembre de 2023. El viaje arranca en Cancún y desde el avión Cuba cambia. Mi mejor amigo cubano odia al Che. Lo hace con esa fuerza volcánica que en México se llama “Odio jarocho”. Al lado del asiento un cubano corpulento, vestido con una chamarra de pluma de ganso, lleva un pastel en las rodillas para su hija, a quien minutos después enseñará en el fondo de pantalla de su celular. Su familia ama al Che y viste ropa muy gastada y toda cubierta por esa chamarra demasiado pesada para el tierno invierno caribeño.

Sobre este callejón, detrás del capitolio, fue que compré los habanos «de oferta».

Ni bien aterrizamos —viajo con mi novia por primera vez a la isla—, nos advierten de los estafadores de turistas: los jineteros.

Lo hace con locuacidad el agente de turismo: “Si les dicen que su abuelita tiene leucemia, que mi hijo necesita un riñón, no les crean.” No fue suficiente.

Sucumbí pronto al engaño. Es que no se puede uno resistir a las dulces y encantadoras palabras de un timador profesional con toque caribeño, un prestidigitador que ha practicado y perfeccionado su técnica con miles de incautos turistas que no saben ni dónde queda el capitolio. “Los argentinos son nuestros primos, son nuestros hermanos”, carameliza el cubano vestido deportivo, de más de un metro ochenta.

Ofrece gentil datos históricos de dudosa comprobación y va explicando cada cosa que nos sorprende: cómo en un mismo piso la gente se las ingenia para poner tablas y armar “otra habitación”, llamada barbacoa, en la Habana Vieja.

Los llamados «almendros» circulan por toda la ciudad con su encanto y su resistencia a las inclemencias del tiempo.

Nos ha dicho que trabaja en el hotel donde nos hospedamos y mi novia no le cree. Mira fijo a los ojos mientras miente y pienso que no puede ser falso. Minutos después estaremos en una habitación, derruida por donde se mire, comprando los habanos más baratos “que sólo ese día están de oferta”.

La puja comienza en 100 dólares y ni loco estoy dispuestos a soltar un Franklin por habanos callejeros. Le enseño mi tatuaje de Maradona y le dijo que con ello hay descuento y los deja en 60. Nos vamos y raudamente se acaba el encanto: el amable muchacho desaparece en cuestión de segundos.

 

“No hay estado tan mal”: Sacha

Horas más tarde el escritor Francisco López Sacha analiza los tabacos, como se los nombran en Cuba, los lleva a su oído y los hace girar, como si fuera a inspeccionar un reloj. Concluirá el escritor: “No ha estado tan mal”, me consuela.

Nunca en mi vida había visto unos dedos tan ávidos de billetes como en las manos de aquel vendedor. No tenía más ojos que para los billetes que se asomaban desde la cartera. Sus yemas urgentes me retiran los de 20 y los de a 10 a espaldas del capitolio. El desánimo entra más profundo en mi pareja y miro la caja sin saber si adelanto papeles picados o tabaco.

En el camino, por oscuras calles a pocas cuadras de la vorágine del centro histórico, compruebo lo que me aseguran: “Aquí nadie roba y nadie apuñala, menos a un turista.” Armas sólo tienen los militares y matar a una vaca es un delito aún mayor que matar a un hombre. “Esa vaca produce leche para las escuelas y su carne sólo será utilizada con la autorización de un veterinario.”

El capitolio de Cuba, emplazado en el corazón de La Habana.

Miramos en la televisión que está a punto de asumir en Argentina el ultraderechista Javier Milei. Estamos en el otro extremo y los problemas son idénticos: inflación, falta de trabajo y una economía frágil. Mi hermano desde Argentina me manda un audio larguísimo en el que me cuenta que le han robado del auto el teléfono que compró en 24 cuotas, de las que sólo había pagado una.

Recuerdo aquella célebre aria en la que el ingenuo Nemorino ha comprado un supuesto elixir de amor a un charlatán. “El elixir del amor, una furtiva lagrima.”

Miro mi caja y hago cuentas: menos de diez dólares cada habano, no ha estado tan mal. Mañana estaré más preparado para los farsantes. Encendemos el habano y tiene olor a tierra y a misterios de la isla.

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