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Opinión | Tiempo de cinismo y mitomanía | David Lara Catalán

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Por David Lara Catalán

 

Hace unos días mi hija, que tiene apenas tres años de edad, miró asombrada a una persona y exclamó en voz alta: ¡qué gorda está¡ Ya unas semanas atrás había visto a otra persona de muy baja estatura y en voz alta me preguntó: papá, ¿por qué está tan bajito?

En ambos casos le comenté que sería prudente no decir nada de los demás en voz alta que pudiera ofenderlos. Asimismo, agregué que eso no quiere decir que esté mintiendo, sino que es preferible no decir nada que pueda agredir a los demás.

No creo que haya podido distinguir entre prudencia y mentira, pero espero que lo habrá de entender con el tiempo. Es decir, espero que entenderá la importancia de la prudencia así también la importancia de no mentir, a menos que sea necesario, porque estoy seguro que habrá necesidad de mentir, pero al mismo tiempo, habrá de requerir prudencia para distinguir el alcance de no engañarse a uno mismo.

El que no mienta que tire la primera piedra

Quién no haya dicho una mentira en su vida que tire la primera piedra, sin duda. Estoy seguro que, sin embargo, nadie podría arrojar la primera piedra o, tal vez sí, la arrojaría y escondería la mano, porque esto de mentir, por las razones que sean, se nos da y en algunos se da muy bien a tal grado que la mitomanía es un rasgo de vida. Por lo que también habría que distinguir entre mentir y MENTIR.

Es decir, entre mentir porque no queremos decir, por ejemplo, una imprudencia que puede lastimar a otros e incluso generar hostilidad y MENTIR como una forma de vida, como un hábito que no se puede romper porque es rasgo esencial de una personalidad mitómana que ha construido su cotidianidad basada en la mentira.

Hijos de la mentira  

Nuestro tiempo y nuestra cultura parecen ser buenos ejemplos de MENTIR. En realidad, creo que no exagero si digo que así ha sido desde siempre, a tal grado que en alguna medida somos hijos de la mentira.

Y unas cuantas mentiras a veces nos vienen bien, por salud física y mental, el problema es cuando ya no se alcanza a distinguir un rasgo de autenticidad en medio de tanta mentira, me retuerzo nada más de señalar la palabra autenticidad entre tantas toneladas de mentiras acumuladas por todos lados y en todos los formatos, suena hasta escandaloso y falto de pudor. Por lo demás, hoy mentir ya no requiere tanta creatividad, es decir, una cierta elaboración de argumentos o ideas o descripción de escenarios como para hacer creíble aquellas historias que, de antemano, sabemos falsas. Mentir es una de las costumbres más fáciles de nuestro tiempo.

“Me los chingué”

Esta facilidad de mentir se ha trastocado en un cinismo rampante que ya no asombra a nadie oír y decir tantas mentiras. Lo que es más complejo aún es que incluso este cinismo se celebra y bien pondera. Quién diga más mentiras gana, parece ser la consigna. No es exagerado decir que la mitomanía llega a generar un estado de satisfacción expresada en distintas formas: “me los chingué”, “me salí con la mía y ni cuenta se dieron”, “les vi la cara una y otra vez”, “ah, pero qué tontos”.

Mentiras en todos los niveles sociales

El ganador de esta competencia es aquel que con el mayor descaro y cinismo posible diga la mayor cantidad de mentiras en el menor tiempo posible. Y este es un punto que bien vale considerar en referencia a sus alcances y repercusiones. Me explico:

Si por antonomasia hemos considerado que los políticos son el mejor ejemplo de la mentira y el descaro, debo decirles que estamos equivocados. La mentira, es decir, esta actitud mitómana, se ha extendido a todos los niveles sociales, no respeta edades ni géneros ni razas, no conoce de credos y mucho menos se detiene a pensar en la honorabilidad tanto de uno mismo como de los demás.

Por lo que resulta fácil desnudar a los demás exhibiéndoles como hijos de la peor calaña pretendiendo así ignorar nuestra propia naturaleza.

Me pregunto: ¿Y a quién le interesa pensar en la honorabilidad y además hacerla compañera de viaje? Me temo que a muy pocos. La razón, habrá que decirla: nuestro tiempo recompensa de mejor manera al mitómano. Ya ni siquiera hay disyuntiva, el único camino posible hacia la consecución de nuestras metas, por muy pequeñas que sean, es el de la mitomanía y el cinismo. Y por si usted es una de esas raras personas que todavía cree en la honorabilidad de la palabra y la importancia de la prudencia en nuestras vidas le felicito, sobre todo porque ya no hay muchos ejemplos así.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.