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Opinión | Sobre la aporofobia y la fragilidad de la democracia

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David Lara Catalán

 

Existe en YouTube una entrevista, patrocinada por BBVA, a la filósofa española Adela Cortina en la cual presenta el neologismo aporofobia, concepto que ella mismo acuñó en los años 90 del siglo pasado y que, en 2017, fue escogido como la palabra del año por la Fundación del Español Urgente.

Dicho término sirve para precisar la idea del rechazo a los pobres, a los que carecen de recursos, distinguiéndole así del término xenofobia que es el rechazo al extranjero y que implica más que nada una cuestión racial.

Distinciones de extranjeros

El concepto, en tanto forma de distinguir a la aporofobia de la xenofobia, tiene su valor en precisar de manera conceptual una práctica bastante común y además añeja. Si entendemos el concepto es más probable que alcancemos a comprender la práctica a la cual designa dicho concepto. Parte del alegato de Cortina consiste en señalar que no todos los extranjeros son discriminados, especialmente aquellos que contribuyen a magnificar las cifras del turismo mundial y que, consecuentemente, dejan grandes derramas económicas a nivel mundial.

Los que sí sufren discriminación son los pobres migrantes, es decir, aquellos que no teniendo recursos económicos en sus respectivos países esperan ser parte del presupuesto de otro país. Tema que, por lo demás, le da mucho vuelo a la vida pública de los países ricos: ¿cómo es que los vamos a mantener? ¿Por qué nosotros hemos de solucionar los problemas de los demás? ¿Por qué no se quedan en sus países?, son sólo algunas preguntas de entre muchísimas más que se hacen. Cualquier alegato con tintes humanistas se habrá de enfrentar a una férrea disputa multitemática.

¿Somos aporobóficos?

Me pregunto de modo muy sigiloso, ya que no me gustaría levantar ámpulas en el ámbito de la vida privada de cada uno de nosotros, ¿acaso no somos muy aporófobos en nuestro propio nicho e incluso con los más cercanos? Puede resultar muy incómodo describir que así somos una gran parte de nosotros, pero también me parece que es bastante real.

En México la expresión “El muerto y el arrimado a los tres días apesta” describe sin llegar a tanto tecnicismo una realidad vivida por un buen número de personas. Quién no tiene dinero o recursos patrimoniales no cuenta, apesta. Quién no aporta, en sentido inverso genera un gasto y eso no nos lo podemos permitir. Nadie puede usufructuar aquello que tanto trabajo nos ha costado obtener, esa es la consigna y habrá que reconocer que podemos oler el rastro de esta práctica desde nuestra propia casa y con nuestras propias familias.

Hipocresía y doble moral

¿Dónde queda el amor por el prójimo? ¿Es un cuento chino? La hipocresía y la doble moral acompañan, de modo solemne, a la aporofobia. Esta misma doble moral permea gran parte de la vida pública. A BBVA, patrocinador de este video, no creo que le interese mucho la vida de los pobres o diseñar algún programa que los beneficie de modo directo y sin anatocismo. La migración ilegal en muchos países paga impuestos, no se quiere a los migrantes ilegales, pero sí se quieren sus impuestos. Sólo como ejemplo, claro está.

¿Puede una democracia prosperar así? No lo creo. Y no puede prosperar por los grandes desequilibrios que genera la brecha entre ricos y pobres, la brecha entre quienes deciden con el estómago lleno y con planes concretos para el día de mañana y para el mes próximo y, por otro lado, amplios sectores que no saben si hoy habrán de comer.

“Tampoco es para ponerse tan dramático”, dirá alguno, “que ellos se lo han buscado”, dirán otros. No faltará quien diga: “habrá que preocuparse un poco por ellos”. De algún modo en los tres casos permea el tema de la sensibilidad moral, es decir, ese tema que nos podría hacer pensar, en principio, en qué tan aporofóbicos somos y, poco después, qué es lo que se podría hacer con los pobres, esos que andan por ahí en el mundo tratando de sobrevivir y tratando, de algún modo, de esquivar las balas que se disparan, incluso con saña y dolo hacia ellos.

Sólo como comentario final, esa sensibilidad moral no parece enseñarse en la escuela o en los grandes recintos académicos; a veces, incluso, ni en la familia. Así que…

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com

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