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Opinión | Sobre el contenido ético o moral del diálogo | David Lara Catalán

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David Lara Catalán

 

Hace unos días platicaba en este mismo espacio acerca de la idea de acción comunicativa en Habermas, particularmente, del tema de una intersubjetividad mediada lingüísticamente.

Un elemento que me parece de suma relevancia es el que refiere al contenido ético o moral del diálogo, en el sentido de cómo afectarán, ya sean nuestras opiniones o nuestros puntos de vista a los demás y, en consecuencia, los derroteros que habrá de tomar la acción social.

Derroteros de la acción

Con acción social no me refiero a un ambiente macro, al menos no de inicio, pero sí me refiero a la acción inmediata de relación entre sujetos capaces de habla y capaces de orientar de cierta manera su relación. ¿Cuál pueda ser el resultado de ésta?, no lo sabremos sino a posteriori.

La orientación que pueda tener el diálogo si bien conlleva un matiz epistémico, también es cierto implica un carácter moral. Temas como justicia, moralidad, legalidad, entre otros, nos exigen una discusión amplia, abierta y capaz de permear nuestras interacciones. Preguntarnos por la moralidad o la justicia de una acción o norma tiene como requisito pensar críticamente y, desde luego, en la medida de lo posible de modo objetivo y claro.

Los juicios que emitimos y la incongruencia

Existen infinidad de ejemplos que nos muestran rasgos de arbitrariedad en los juicios que emitimos y esto, muy probablemente, debido a que uno de los rasgos que más nos distingue como seres humanos sea el de la incongruencia. Lo que en cierto momento, y bajo ciertas condiciones nos parece justo, deja de serlo en otro momento; a veces, porque los actores sociales nos resultan simpáticos o dejan de serlo; a veces, porque ciertas medidas nos favorecen o nos dejan beneficios inmediatos y, al terminarse esos beneficios, nuestro juicio cambia de modo radical. O, simplemente porque no contamos con los criterios y los parámetros suficientes para determinar de mejor modo una decisión.

Ámbito público

Me gustaría acotar que no sólo en el ámbito de la vida privada, ese espacio cerrado propio de la intimidad ocurre todo esto, me interesa llevar a la arena de las discusiones este tema de morales selectivas al ámbito de la vida pública, ahí donde se piensa que la democracia es lo mejor que nos pudo haber ocurrido y que el voto es la máxima expresión de la misma. En ese espacio interactúa un universo de posibilidades que ejemplifican nuestra selectividad moral, por no decir nuestra visión muy parcial de lo que bien podría denominarse un sesgo de las decisiones públicas. Este sesgo le da su muy particular sentido a nuestra democracia.

En síntesis: arbitrariedad e impunidad

Es decir, nuestras moralidades selectivas, conscientes o no de ellas, encaminan un conjunto de acciones, normas y decisiones que permiten fácilmente la entrada de la arbitrariedad y, habrá que decirlo, de la impunidad. Temas que se vuelven de suma importancia cuando, por otra parte, se piensa que es posible cierto nivel de justicia y equidad.

¿Cómo sería posible percatarnos del nivel de nuestras moralidades así como del alcance que éstas tienen? Sin duda, se requiere de un proceso educativo que incida en la conformación de una especie de sensibilidad moral que sea como una especie de termómetro que nos indique qué tan indiferentes o no somos ante la necesidad y carencias de los demás, ante el dolor y la pobreza ajena, y esto no como un acto de lástima, por muy lucrativa que pueda ser, sino como un acto de solidaridad y cooperación con los demás.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com