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Opinión | Redes sociales y las relaciones de papel en la era posmoderna: David Lara Catalán

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David Lara Catalán

 

 

De vez en vez me gusta revisar la siguiente frase de Edgar Morin: “Al fin y al cabo, en las sociedades burocratizadas y aburguesadas, es adulto quien se conforma con vivir menos para no tener que morir tanto. Empero, el secreto de la juventud es éste: vida quiere decir arriesgarse a la muerte; y furia de vivir quiere decir vivir la dificultad”. En cada una de esas ocasiones tengo la impresión de que puedo descubrir algún nuevo sentido, alguna nueva interpretación o contexto al que aplicarla. La cita aparece en el libro de Igor Caruso titulado “La separación de los amantes”.

La separación por muerte parece doler menos

Es en el contexto de los amantes, particularmente el de los amantes posmodernos, que le he venido a encontrar un nuevo sentido a la frase de Morin. El por qué lo habré de explicar más adelante. Que los amantes se han separado y se seguirán separando es una historia desde siempre, las formas varían pero el hecho permanece. A veces lo hacen trágicamente, verbigracia Romeo y Julieta, a veces de modo no tan complicado, incluso en algunas ocasiones es un hecho que se espera con ansias, pero ninguno de los participantes se atreve a dar el primer paso; bien puede parecer que cuando la separación es por muerte parece doler menos que cuando es en vida, ya que se sabe que en cualquier esquina o café se ha de aparecer un pasado que punza como una daga y arden las vísceras, como si un leño encendido se introdujera en ellas. Porque al muertito o a la muertita se le entierra y después de un rato ya se está listo para lo que sigue, no es así de fácil con el vivo o la viva.

La trivialidad del amor, los poliamor

No me queda duda de que, en el ambiente de la cultura posmoderna, hemos frivolizado la idea de los enamoramientos a tal grado que se han convertido en una enorme trivialidad. Desde luego, las redes sociales juegan como un aliado fundamental de esta cultura de amarse los unos a los otros de modo tan express; así, de la noche a la mañana se cambia no la frase de “te amo como la luna al sol” sino el destinatario de la misma. Todo parece ser, en este marco, tan válido que aparece cada vez con mayor fuerza y convicción la idea de los poliamor.

Así de fácil el amor en nuestros días

En consecuencia, hoy parece repetirse de manera constante el escenario donde la frase de que se ama al otro o a la otra es de una gran facilidad, que todo lo demás huele a prejuicio premoderno o arcaico. Y lo que es más interesante, debido al impacto de las redes sociales, es que hoy se publica la foto de una cena romántica o un viaje en yate o ya, al menos, la ingesta de una cerveza en algún centro nocturno con el “amor de la vida”, justo con ese que conocieron hace no más de un par de meses y no pasará mucho tiempo para que se debilite y cesen las publicaciones o cambien los personajes. Asi de fácil es el amor en nuestros tiempos.

En consecuencia, al cabo de unas semanas se acabaron las publicaciones amorosas en facebook o twitter o, incluso, en los mensajes de whatsapp y, sin embargo, en menos que canta un gallo aparece el nuevo amor de la vida, aquél que “auténticamente ha venido a cambiar de modo radical nuestras vidas y sentimientos, aquél que apareció en el momento más oportuno debido a la mayor de las crisis existenciales que nos agobian en el mundo global, aquél que no cambiaríamos por nada porque nos hace vibrar en cada momento íntimo compartido”. La frivolización del amor entra en acción.

El amor acaba cuando empieza la dificultad

¿Dónde quedó la furia de vivir tan necesaria para enfrentar la dificultad? Nuestro tiempo nos da constantes ejemplos de que, en buena medida, el amor se acaba cuando empieza la dificultad. ¿Dónde quedan, entonces, la fortaleza y solidaridad que requieren las relaciones en los momentos más apremiantes? Esto de resistir, ser consistente y solidario en las relaciones posmodernas es ya un cuento decimonónico; lo de hoy es la huida, la búsqueda infinita de un asidero que compense las necesidades internas propias de un eterno carácter inestable, es decir, muy cercano a lo infantil o adolescente, sea hombre o mujer. Estoy casi seguro de que alguien esgrimirá la idea de que esto ha existido siempre: que no es nada nuevo y es muy probable que tenga razón.

Tal vez una de las diferencias respecto al pasado tenga que ver con que hoy tenemos una infinidad de redes sociales en las cuales podemos impregnar nuestra personalidad y hacer un eco inmenso de nuestros sentimientos y emociones. Otra más, bien puede ser la pulverización de nuestras moralidades. Esas mismas redes que seducen e invitan a exteriorizar aquello que antes parecía un poco más reservado: nuestras intimidades. Y si a esto le sumamos la mayor de las frivolidades, imaginen el resultado.

La muerte de la participación

Decirle al mundo que somos muy felices, así como también contarles a todos los que se puede de nuestras emociones o pensamientos, de nuestras ilusiones o frustraciones, de invitarlos a ser mejores cada día y que descubran que el sol brilla para todos, es la constante de nuestra cotidianidad mediática, es lo que parece dar estatus de estabilidad a nuestras personalidades. Lo que no parece ser muy constante es nuestro carácter o madurez por vivir para enfrentar el riesgo de la muerte que entraña cada participación nuestra en el mundo, o la furia de vivir para vencer la dificultad, independientemente del tamaño que sea. Tal vez a eso se deba que nuestra posmodernidad representa no sólo la fragilidad de nuestros sentimientos y criterios sino también de nuestras relaciones.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com