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Opinión | La química de los pensamientos y la búsqueda de lo que somos

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David Lara Catalán

 

Dice Roger Kornberg, ganador del Nobel de Química en 2006: “La vida es química: nada más y nada menos. El funcionamiento del cerebro se comprende tan poco que se tiende a asociarlo a significados mágicos o místicos. Pero químicamente el cerebro es una colección de cables e interruptores (…) aunque la gente se resiste a la idea. Muchas personas quieren asociar a sus propias experiencias algún significado especial, como la religión. Pero es química”.

Todo es químico

A partir de leer lo anterior, y sumándole algunas ideas que ya traía desde hace un tiempo en mi cabeza, me han surgido muchas cuestiones existenciales que dada mi ignorancia me parecen muy complejas, pero al mismo tiempo muy atractivas, algunas más quizá parezcan un tanto descabelladas o muy absurdas.

Me ha parecido toda esta idea de la química, es decir, esto de que todo es químico, que he vivido en un océano de ilusiones y de pensamientos absurdos que no me han dejado mucho margen de maniobra para justificar, no se diga argumentar, lo que yo consideraba una cosmovisión más o menos bien perfilada, con sus debilidades claro, pero más o menos presentable.

He llegado al punto, permítaseme decirlo, de que me pregunto si realmente tenemos, aunque sea vagamente, una idea acerca de quién es el ser humano, y no precisamente desde los parámetros de la antropología filosófica o el existencialismo, sino más bien desde esta perspectiva de que todo es químico.

Pensamientos y cortar cables

Debido a todo esto, me ha parecido conveniente investigar acerca de una asignatura que le pondría por título: “La química de los pensamientos” y empezaría por preguntarme cómo es que mis pensamientos, emociones, sentimientos o enunciados lingüísticos pueden ser llevados al terreno de la química y de cómo ésta los transforma, los enreda, los clarifica o los hace mucho más complejos.

En segundo término, pondría a discusión el resultado de esta mezcla enclavada en lo más recóndito de mi cerebro y que, por llamarla de alguna manera, la nombraría personalidad.

En tercera instancia, claro que esto dependiendo del resultado, buscaría a un especialista en química -de ningún modo un psicólogo-, que me ayudara a cortar los cables o los interruptores de mi cerebro, ya sea que los cambie o les dé una ajustadita con tal de que mi personalidad sea más proactiva y con cierta lucidez. En cierto modo que me permita no divagar ni especular tanto. Casi me imagino sentado en un gran sillón, dentro de un laboratorio químico en donde, como se hacía con aquellos viejos televisores que hoy los niños y jóvenes ni se imaginan que existieron, me cambiaran los bulbos y me dejaran como nuevo.

Buscando el neurotransmisor

Me quiero imaginar cómo funcionaría mi cerebro sin estas conexiones mágicas o místicas. ¿Me pondría a trabajar más arduamente con tal de lograr mis objetivos? ¿Dejaría de lado la idea, ya sospechosa de por sí, de que no vendrá nadie a redimirme y darme lo que me merezco como buen cristiano que he sido? ¿Me volvería un verdadero escritor? ¿Qué clase de pensamientos requiero para fortalecer aquellos procesos químicos que dan vitalidad y energía a mi ser en general? ¿Qué neurotransmisor habría que instalar en mi cerebro para reactivar un léxico que, mezclado con algunos elementos químicos, me permitiera dejar de lado la frivolidad y la estulticia de mi cultura? ¿Cómo sería mi nuevo cerebro, es decir, todo este manojo de funciones cerebrales dentro de las cuales podría situarse la mente? Y en sentido ulterior me pregunto: cómo sería mi nueva perspectiva del mundo que habito, y no sólo el personal sino el mundo que está afuera de mi tanto el objetivo como el que recreo desde la intersubjetividad.

Más preguntas…

También me pregunto, con cierto escepticismo, si aquella célula formada por un óvulo y un espermatozoide que “contiene dos metros de ADN y que se transcribirá más tarde en moléculas de ARN”, un ADN transgeneracional que está basado en la información puede ser modificado en alguna medida. Veo a mi hija de cuatro años, y observo un sinfín de detalles genéticos y conductuales de mi niñez y de la niñez de otros miembros de mi familia que hacen preguntarme: ¿Cuánto pesa la información genética heredada? ¿Cuánto de lo que llamamos cultura, es decir, las maneras de hacer que nos han sido heredadas y que heredaremos a nuestros hijos son cuestiones químicas?

Y ahora mismo entender cuáles son los efectos de la tecnología en el cerebro humano: ¿Más atrofiado? ¿Menos proactivo? ¿Un cerebro sin pensamientos? Sin duda que sería excepcional ahondar con mayor precisión en esto que preliminarmente he llamado la “química de los pensamientos”.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com

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