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Opinión | La muerte siempre al acecho / David Lara Catalán

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Por David Lara Catalán

 

Mi amigo don Mariano Angulo, primer presidente municipal de Othón P. Blanco y que en paz descanse, contaba una anécdota muy simpática de un par de amigos aficionados al baseball y que en su tiempo de juventud habían sido grandes jugadores. Se habían comprometido a que él que muriera primero le vendría a contar al otro si en el cielo se jugaba su deporte que tanto les aficionaba. Ambos daban por descontado que se irían al cielo, en eso coincidían y no tenían la menor duda de que estarían al lado de san Pedro. Cierto día la muerte llegó por uno de ellos y no después del tercer o cuarto día regresó a “visitar” a su amigo. Le dijo: “Tengo un par de noticias para ti”. El amigo en vida estaba sumamente especulativo pues le interesaba saber si en el cielo se jugaba al baseball. Le dijo: “Buenas noticias, en el cielo hay equipos fabulosos que juegan baseball, los estadios siempre están llenos, no se consume alcohol, pero si tomamos bebidas refrescantes, la botana que tanto te gusta ahí está disponible, la competencia es enorme”. Fabuloso le contestó el amigo y ¿cuál es la otra noticia? “Pues bien, la noticia es que san Pedro te manda decir que te prepares, te toca lanzar mañana”. De inmediato, como es natural suponer, se hizo un enorme silencio, un silencio que, por cierto, no se ha interrumpido hasta el día de hoy.
Sin duda, la anécdota es simpática. Pero, en realidad, toca un tema ineludible en la vida humana, es decir, la muerte. La muerte, esa figura que impone miedo, incertidumbre, dolor o frustración, o alivio para algunos, está siempre ahí al acecho, vigilante de que no se le escape absolutamente nadie. No obedece horarios, sólo llega. Y mientras no tengamos un amigo que nos venga a decir si en el cielo -o en el infierno- ocurre aquello que queremos seguir disfrutando bien vendría darnos a la tarea de hacer eco de aquellas palabras de Píndaro: “No aspires oh alma mía a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”.

 

Estamos a escasos días de que termine el año 2019, un año más -o menos- en el calendario. Cada uno sabrá si logró lo que tanto ansiaba, o qué debía hacer para obtener aquello que se quedó a medias, cuáles fueron aquellas promesas o compromisos, para uno mismo o para los demás, que fueron cumplidas o no. O tal vez sea el momento de seguir pensando en dietas, en ahorrar, en hacer ejercicio, en escribir un libro o, por qué no, seguir especulando en las redes sociales acerca de cómo convertirse en mejor persona cada día. Lo cual implica un proceso casi interminable de tematizar la vida; para muchos, vale decirlo, el deporte de cada día y de todos los días. No faltará quién señale que “si tuviera dinero…” O “si mis condiciones fueran otras, entonces…” El punto es que buena parte del tiempo que vivimos nos pasamos tematizando la vida, pero no necesariamente viviéndola. Sería emocionante y altamente recompensante que 2020 fuera un año grandioso, lleno de éxitos, pero tal vez esto estriba en hacer praxis de aquella frase cortazariana (104 de Rayuela) que dice: “La vida como un comentario de otra cosa que no alcanzamos y que está al alcance del salto que no damos”. ¡Éxito en 2020!