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Opinión | La fiesta de la insignificancia: sobre el perdón y la superioridad moral

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David Lara Catalán

 

 

Kundera, Milan.

Tusquets. 2014. 138 pp.

¿Qué significa la insignificancia en esta obra de Milan Kundera? ¿Es la insignificancia motivo de fiesta? ¿Es la antítesis de “la inutilidad de ser brillante” -la cual señala uno de los personajes de esta obra-, aún más que inutilidad, es “nocividad”? ¿Ser insignificante o ser brillante?

Una disyuntiva que ronda nuestro tiempo, nuestro espacio y en los cuales, tiempo y espacio, la llamada humanidad trivializa todo, incluso, su propia existencia; pero también su antípoda: la muerte. Aunque aquí insignificancia no es trivialidad ni frivolidad. Ser insignificante o ser brillante no es una disyuntiva. Y no lo es porque el libro La fiesta de la insignificancia bien puede ser una lección de vida que apuesta decididamente a la insignificancia, es decir, a esta forma de equipararla con la “esencia de la existencia”, sin la cual, no es posible ironizar o, mejor aún, reírnos del mundo y de nosotros mismos.

Regímenes totalitarios

La insignificancia, desde mi lectura, es una forma de ver el mundo, una actitud. “Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias”. Así, por ejemplo, los regímenes totalitarios son una buena muestra de las peores desgracias -Stalin es el personaje que encarna en este libro esta forma de ver y gobernar-.

La insignificancia es también esa forma de desmitificar o sublimar hechos que magnificamos como lo es el de nacer o pedir perdón. Hechos ambos que de generación en generación se transmiten como verdades insoslayables, divinas, míticas, redentoras de nuestra existencia. En realidad, ninguno de nosotros decidió nacer, -acompañando un poco el dicho de la madre de Alain, uno de los personajes del libro-, es decir, no fue un acto de nuestra voluntad. Concedamos si acaso que en algunos casos han sido procesos planificados, pero la gran mayoría hemos sido producto de las contingencias sociales y sexuales de otros seres humanos consecuencia de lo mismo. El hecho puede causar risa o dolor, sin embargo, al final es un acto liberador.

Lo sublime del perdón y la moralidad

Y ya no se diga con el tema del perdón. Un tema que se le vincula con la idea de lo sublime, lo mejor del ser humano. Sin embargo, esto de pedir perdón tiene su filo. “El que pide perdón se declara culpable. Y si te declaras culpable, animas al otro a seguir insultándote y a denunciarte públicamente hasta la muerte. Éstas son las consecuencias fatales del que pide perdón el primero”.

Otra gran mitificación de los seres humanos: creer en la superioridad moral.

Pero si ni la vida, ni el perdón, ni los ángeles, ni el pasado, ni la historia, ni Hegel y tampoco la obra de Kundera son susceptibles de mitificación, entonces ¿qué le queda al ser humano de la era pos-broma?

“Nos queda el humor, es decir, el buen humor”. La cita de Hegel al respecto: “el verdadero buen humor es impensable sin el infinito buen humor. (…) No la burla, no la sátira, no el sarcasmo. Sólo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres y reírte de ella. La pregunta es: Sí, pero ¿cómo encontrar el buen humor? Y no sólo cómo, sino dónde: ¿En un coctel de cumpleaños? ¿En el teatro de marionetas? ¿En las calles de París? Escenarios de La fiesta de la insignificancia.

Moraleja

Como una especie de moraleja dice Kundera a través de uno de sus personajes: “Los niños que ríen sin saber por qué ¿Acaso no es hermoso? Respira esta insignificancia que nos rodea, es la clave de la sabiduría, es la clave del buen humor”.

Si esto ha de ser posible: el buen humor, la sabiduría, entonces no necesariamente es cierto hablar de la “inutilidad de ser brillante”. Porque precisamente en un acto brillante se descubre la estupidez de los seres humanos, la propia incluida, se descubre que es posible reírnos de la gran estupidez en la que descansa mucho de lo que nos atormenta y que nos impide asistir a la fiesta de la insignificancia, este gran escenario que Kundera nos otorga para recordarnos que todavía son posibles las bromas, el humor, aún en la era de la pos-broma.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com

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