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Opinión | El terrible peso de la necedad; David Lara Catalán

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Por David Lara Catalán

Mtro. Gestión Pública y Escritor

 

Que la necedad es parte de nuestras vidas no me cabe la menor duda. Se manifiesta de mil maneras en cada uno de nosotros y no desaparece ni de milagro. -Quién diga que alguna vez no ha vivido la plenitud de la necedad que arroje la primera piedra-.

Creo que a la necedad la podemos entender como una de las grandes figuras de la incongruencia o de la irracionalidad. La necedad nos acompaña a todos lados, a veces de modo sigiloso, esperando la menor oportunidad de hacerse presente. Es tremendamente popular aunque no siempre exista el ánimo de reconocerla, tal vez por eso es que es tan persistente en hacerse presente bajo el menor pretexto: aunque irónicamente no estoy seguro de que si le diéramos el amplio reconocimiento que se merece desaparecería de nuestras vidas.

Despliegue de la necedad

La necedad llegó para quedarse y se despliega de manera casi natural en una amplia gama de nuestras actividades y expresiones lingüísticas del día a día. Se hace presente cuando comemos aquello que no deberíamos comer porque trae daño a nuestra salud o cuando debíamos dejar de fumar porque el enfisema pulmonar es ya un caso severo.

 Resalta de modo importante aquellas frases que no deberíamos haber dicho pero que ya están puestas en la mesa sin posibilidad de reversa y que dejan grandes dolores de cabeza.

Se monta de modo bravío en aquellas decisiones que probablemente requerían mayor sutileza y sensibilidad. No faltará quien diga, casi como para exculparnos de nuestras necedades, que la manipulación ideológica de la que somos víctimas en una sociedad capitalista, mafiosa y de alto consumo es la verdadera culpable de nuestras tragedias. Sin duda, la necedad es una forma de tragedia.

 

Consecuencias

Al pasar un cierto tiempo y percibir, si es que somos capaces de ello, las lamentables consecuencias de lo dicho -o no dicho-; de las malas decisiones tomadas -o no tomadas- puede ser el caso que nos lamentamos o frustremos, y tal vez un poco después nos resignemos a creer que en otro momento las cosas serán mejores. ¿Cuándo? En realidad no lo sabemos.

Por eso, la esperanza y el optimismo juegan un rol importante en nuestros pensamientos, sobre todo en nuestro imaginario, ya que de modo suave y lento le dan un masajito a lo imaginado hasta que lo transforman en una herramienta potente para poder subsistir en medio del caos que representa el mundo complejo que, paradójicamente, nosotros mismos hemos construido.

El mejor modo de decir…

Así pueden transcurrir nuestras vidas esperando con mucha fe y ahínco que el día de mañana digamos de mejor modo aquello que tenemos que decir o que tomemos de modo un poco más correcto la decisión que no hemos sabido tomar.

¿Pero existe realmente alguna alternativa ante la necedad? ¿Es posible encontrar corrección en nuestras decisiones?

Prudencia, como antítesis

Esquilo en el Prometeo encadenado señala a través del diálogo entre Prometeo y Hermes:

-Prometeo: “( …) el tiempo enseña todo”.

-Hermes: “Más tu nunca aprendiste a ser prudente”.

La prudencia, en tanto antítesis de la necedad, es la evidencia de una sensibilidad moral educada; es quien nos dice que podemos ser mejores seres humanos, tomar mejores decisiones o ir por la vida de modo más alegre, tener una mejor sociedad o construir un país con mejores perspectivas de desarrollo, con mejores criterios, siempre y cuando dejemos atrás aquellos esquemas permeados de terrible necedad que sólo nos pauperizan.

Pensar que habrá una receta mágica o un Mesías que arregle nuestros problemas, individuales o sociales, de modo ultra rápido es, sin duda, necedad.

Gran expectativa

En México, después del proceso electoral pasado, existe una gran expectativa de cambio, así también el deseo de mejorar en todos los ámbitos sociales. Empero, sería una terrible necedad creer que el éxito de la gestión pública es en automático, sin esfuerzos ni colaboración, y sin la prudencia que nos permita comprender que llevará mucho tiempo avizorar un país diferente, con menor desigualdad o corrupción, más competitivo y de mayor productividad.

Sería también una terrible necedad esperar desde la comodidad de un balcón el momento en que desfilen el éxito, la prosperidad y el desarrollo por los senderos estrechos del vecindario. Sin duda.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA. Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

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