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Opinión | El “Big One” | David Lara Catalán

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David Lara Catalán

Hace unas semanas en California, Estados Unidos, se temía que el llamado “Big One”, el gran temblor del cual todo mundo habla y todo mundo tiene miedo, habría de llegar.

En cierto momento, hubo un enjambre de temblores durante una semana o dos con una intensidad pequeña que se hicieron presentes en los condados de Riverside y San Bernardino; aunque de pronto se dejaron sentir dos sismos de entre 6.9 y 7.1 grados en la escala de Richter. Estos parecían presagiar la llegada del “Big One”. Uno de ellos hubiera sido catastrófico de no ser por la orientación que siguió en la llamada falla de San Andrés, el impacto mayor fue en el desierto de Mojave, zona escasamente poblada, y afortunadamente no impactó de tal modo que hubiera propiciado muerte y destrucción en zonas como la ciudad de Los Angeles.

En ese mismo marco apareció un frente frío en el norte de México. No sería sorprendente si no fuera debido a los días de calor que en pleno verano ya se dejaban sentir. La canícula estaba causando verdaderos estragos. Así, entre los terremotos, huracanes, el cambio climático y otros asuntos de la naturaleza transcurre la vida de muchos seres humanos a nivel global. Y esto sólo a lo que concierne a la madre naturaleza, no voy a hablar de las redadas contra inmigrantes ilegales en Estados Unidos, a los actos de gran corrupción que suceden en Timbuktú, ni a nada que huela a decepción social.

Los sucesos llenos de destrucción conmueven a algunos, para otros no son más que eventos propicios para la nota periodística, y no faltan los sectores que lucran con la desgracia humana, incluso cobra sentido el término de caridad mediática que no es otra cosa que parecer sensible ante el dolor ajeno, a muchos políticos y empresarios les reditúa votos o ganancias económicas y hasta ganan procesos electorales. Los afectados, en sentido contrario, van cuesta arriba entre la miseria y la urgente necesidad de suplir sus carencias, y así ad infinitum.

Así como se habla de grandes tragedias globales que retan a la inteligencia humana para saber cómo encauzar la acción humana de modo más racional, asimismo sería interesante pensar en una verdadera solidaridad global ante las desgracias globales. Pero ¿Por qué no pensar en otro tipo de solidaridad que no se restrinja de modo específico a los tiempos de desgracias?

Me explico: en tiempos de desgracia resulta muy conveniente asumir una postura de solidaridad, es más diría que resulta relativamente fácil decir e invitar a los demás a ser solidarios. Las lágrimas aparecen en una infinidad de rostros y las muecas de tristeza conmueven hasta al más frío espectador. Así aparecen expresiones como “Todos somos Paris”, “Todos somos buenos”, “Todos somos…” anote usted la expresión que mejor convenga. Después de unos días o breves semanas ya todo se olvido y sólo quedamos pendientes del próximo evento que requiere de este tipo de solidaridad humana para estar preparados por si se requiere de nuestra conmiseración.

Pero al tipo de solidaridad al que me quiero referir tiene que ver, de modo contrario, con la puesta en escena de una solidaridad en tiempos de alegría, de paz y de felicidad. ¿Por qué no ser solidario con aquel que es feliz, aquel que ríe, aquel que se esfuerza en alcanzar sus metas? Tal vez podríamos generar una especie de pandemia de la felicidad, del esfuerzo y de la risa. Se imaginan a grandes colectivos riendo y compartiendo su risa o sus éxitos y alentando unos a otros de modo recíproco a seguir por ese camino. Se imaginan a Pedro diciendo a María: “me agrada tu éxito y me solidarizo con tus logros”.

Desde luego, no se trata sólo de twittear que nos da gusto el éxito ajeno. Ni de postear en Facebook los grandes consejos de superación personal para ser feliz y evadir la depresión. Se trata de que de modo rotundo y convencido podamos construir una cultura de solidaridad para los tiempos felices y no sólo para los momentos de desgracias y dolor. Mientras esto sucede seguimos a la espera del “Big One”.