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Opinión | Educar en la diferencia | David Lara Catalán

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David Lara Catalán

Me ha parecido que, en la mayoría de las ocasiones, cuando usamos la expresión “todos somos iguales”, resulta ser una auténtica frivolidad de nuestro tiempo (y de quién sabe cuántos tiempos más). Es una especie de baratija que se vende en el mercado y que deja satisfechos a muchos, por no decir que a la gran mayoría. Entiendo la expresión y entiendo, asimismo, el porqué del uso indiscriminado e irreflexivo de la misma. Es relativamente fácil y cómodo decir que “todos somos iguales” porque, entre otras varias razones, nos ahorramos un proceso educativo que incida en ponderar las diferencias que tenemos como seres humanos y, además, no nos exigimos educar(nos) en una cultura de respeto hacia las profundas diferencias que poseemos. La única igualdad que me parece razonable es la de “todos iguales ante la ley” y, desafortunadamente, ni ahí la vemos.

Estoy seguro de que muchos de los problemas sociales que vivimos estriban en una profunda falta de respeto y consideración hacia las diferencias sustanciales que tenemos. Así, la expresión “todos somos iguales” sólo tiende a homogeneizar y, en consecuencia, despersonalizar a los seres humanos. Particularmente, propicia que no se reconozcan esas diferencias, a veces tan sutiles, que nos distinguen. Decir que todos somos iguales suena muy popular, incluso casi se aprecia, salvo en aquellos casos en los que, de modo peyorativo, decimos que “todas las mujeres son…” o “todos los hombres son…”. En la generalización perdemos el sentido de nuestras individualidades y diferencias.

No es para menos el tema. Las violaciones y los atentados contra las mujeres, o incluso contra los hombres; los secuestros y la trata de personas; el maltrato verbal hacia niños y niñas; la falta de posibilidades hacia quienes menos tienen; la agresividad con la que nos conducimos en nuestras relaciones, hombres y mujeres, bien pueden tener un origen en la ausencia de una cultura de respeto por los demás, por los diferentes, por aquellos que no piensan ni coinciden con la visión del mundo que poseemos. Bien lo decía el filósofo Kant en el segundo imperativo categórico: “Trata a las personas siempre como un fin y nunca solamente como un medio”. Estamos a años luz de esta aseveración.

De poca utilidad resulta pronunciarse en las redes contra la violencia, de hombres y mujeres, si no nos sumergimos en la complejidad que entraña educarnos en aquellas formas de respeto que implican la formación de una voluntad y sensibilidad moral que, en sentido ulterior, conllevan hacia mecanismos de respeto. Esto mismo no es tarea de unos cuantos: es una tarea que nos responsabiliza a todos, así como a las personas y a las diversas instituciones. Es una tarea, además, de largo aliento, de colaboración entre hombres y mujeres, de respeto y reconocimiento antes que descalificación.

Mucho me temo que marchas y coros como las del “El violador eres tú”, este himno feminista nacido en Chile y que resuena en México, Colombia, Francia y España, es una manera que da alivio cognitivo y/o emocional momentáneo, pero que dista mucho de transformar una cultura que tiene, justamente, en la falta de respeto una larga historia y prácticas añejas que no desaparecen al salir el sol. La problemática del maltrato a la mujer (y hacia los hombres) es mucho más profunda, las heridas son mucho más hondas y las complicidades, de hombres y mujeres, en el menoscabo de la dignidad humana, son monumentales. Creo que no se trata solamente de protestar, de modo legítimo, por aquello que consideramos debería ser modificado, asimismo, sería muy alentador que también nos preocupáramos por educar(nos) en la formación de una voluntad racional que busque el respeto por las diferencias que tenemos como seres humanos. Y esa es una tarea que nos incumbe a todos.

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