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Opinión | Corrida de toros: sobre la incongruencia y el aberrante espectáculo legislativo

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David Lara Catalán

 

Que la incongruencia es uno de nuestros rasgos más sobresalientes, en tanto seres humanos, no me queda la menor duda. Se despliega de mil maneras y se viste siempre del modo más oportuno para la ocasión. A veces de hipocresía y a veces de doble moral.

Desde luego, la incongruencia en cada uno de nosotros tiene sus matices y tiene sus niveles, estoy seguro de que existen muchos humanos conscientes de tal situación y se han dado a la tarea de minimizar sus efectos, tanto en su vida personal como en su relación con los demás.

Incongruencia en grandes cantidades y en grandes ámbitos

Están convencidos de la importancia de la autenticidad en sus acciones, así como en sus formas de ser-en-el-mundo. Pero también estoy seguro de que muchos más han pasado por la historia y ni siquiera se han percatado de las dimensiones de tal asunto. Y no es que caiga mal un poco de ella, me refiero a la incongruencia, pero cuando se trata ya de grandes cantidades y en grandes ámbitos de la vida pública, el asunto ya toma otro matiz. Trataré de explicarme:

Corrida de toros

Leo que muchos legisladores, en todo el mundo claro, no sólo en Quintana Roo, se han decidido por prohibir las corridas de toros. Los animales sufren maltrato, es el argumento. Desde luego que tienen mucha razón. Los animales sufren maltrato y a nadie le gusta que los animales sufran para complacer a una bola de morbosos aficionados a las corridas de toros. De ningún modo puede llamarse arte al hecho de que un torero se plante frente al toro, haga tantas peripecias como sea posible, arriesgue un poco o un mucho su vida, y que corra el riesgo de recibir una buena cogida, aunque eso sí armado de una espada. ¡Qué cinismo llamar a esta actividad: arte taurino!

El tema no tendría por qué ir a más y se haría muy bien en castigar de modo radical estos eventos, si no fuera por algunos mínimos detalles que enmarcan estas decisiones del ámbito público y que nos vendría bien reflexionar. Antes de entrar a esos detalles, me gustaría citar dos o tres cuestiones que, para mi gusto, tienen cierta relevancia.

Campañas políticas

En principio, gran parte de esos políticos en cuestión que asumen el sufrimiento de los animales como causa para sancionar las corridas de toros, han realizado sus campañas políticas prometiendo un sinfín de soluciones a las añejas problemáticas que tienen que ver con la pobreza, por no decir, la miseria humana, se han propuesto, asimismo, defender a toda costa la vida de los animales de todas las especies, eso sí envueltos en abrigos de nutrias, o zapatos de piel de cocodrilo o cuando menos de corte bovino. Muchos grupos de protección a los animales presionan para impedir prácticas como éstas y desde luego que están en su derecho de así hacerlo, vivimos en una sociedad plural, heterogénea, que debe dar cabida a este tipo de reclamos. Lo que sin embargo sería interesante es asumir una postura   de mayor calado respecto, no sólo a los derechos de los animales, sino también de las personas.

Promesas como el torero  

En fin, vayamos a las diferentes clases de pobreza, me refiero a la pobreza económica, alimentaria, de vivienda, de acceso a la salud, educativa, y ahí le paro porque nunca terminaría de citar las tantas clases de pobreza que nos caracterizan y con las cuales tanto se juega. Si se permite, estas promesas bien podrían ser una especie de analogías entre lo que hace un torero en el ruedo y un político en la arena pública, me refiero al uso que se hace de ellos, los toros y las promesas.

Mientras el torero esgrime el capote; el político esgrime las promesas, por no decir las personas, y las capotean todo el tiempo que sea necesario, luego se les clavan una serie de banderillazos, y ya con las banderillas sobre el lomo se les pasea como una especie de logros o medios logros hasta llegar al momento de clavar la espada: “No pudimos hacer nada con tus necesidades así que espera para la próxima”. Ahí aparece la pobreza mental de una gran multitud de espectadores, esa que juzga que es aberrante lo que sucede en el ruedo, pero no percibe que igualmente es aberrante el espectáculo legislativo con el cual se han toreado las necesidades humanas y que así será ad infinitum.

Eso sí, el político en turno se volvió millonario, viajó por el mundo a costa del erario, de pronto salió a relucir su espíritu empresarial y se volvió dueño de dos o tres comercializadoras, así como de algunas patentes de vinos y licores y, por qué no, de algún centro nocturno en donde deleita a sus invitados con las mujeres u hombres más atractivas o atractivos, según sean los gustos y las preferencias, que pudo encontrar.

Morbo

¿Eso de jugar morbosamente con la necesidad y pobreza humana se diferencia con eso de jugar con los toros? ¿Dónde queda una visión más amplia y la necesidad de congruencia? ¿Cómo podemos avanzar decididamente hacia mejores formas de vida cuando tanto el que toma las decisiones, así como los afectados por las mismas ni siquiera han percibido la importancia de un cierto nivel de congruencia?

No defiendo las corridas de toros, ni siquiera tengo argumentos para decir que sí o que no debían existir. Sólo asumo que precisamos de mejores criterios al momento de tomar nuestras decisiones, esas que impactan el amplio espectro de las arenas públicas, tanto las taurinas así también las políticas.

P.D. Los espectadores de ambos espectáculos no estamos exentos de revisar en qué medida nuestra indiferencia o pasividad o nuestra participación hacen que la incongruencia permee el amplio espectro de las diversas arenas públicas.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com