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Opinión | Abel y Caín: La envidia, el celo y el rencor: alimento cotidiano para las multitudes

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Foto: Wikibiblia

 

David Lara Catalán

 

Desde que Caín mató a Abel, la historia de los seres humanos fue condenada a ponderar como los grandes antivalores a seguir a la envidia, el celo y el rencor; antes que pensar en aquellos valores románticos que hemos creído debían imperar como la bondad y la misericordia.

Tal condena fue fraguada de modo sutil, desde el discurso lingüístico hasta su introyección en la química de la raza humana, y ha ido tomando forma durante varios siglos hasta llegar a representar lo que representan el día de hoy la envidia y el celo. Por lo cual, me atrevo a decir que lo que en el principio de los tiempos existió fue la preparación y definición de dicho perfil antes que cualquier otro asunto. Todos sabemos que Caín mató a Abel porque su ofrenda no agradó a los ojos de su Dios y prefirió lo ofrecido por Abel, así que Caín, humillado y ofendido por el desprecio sufrido, preparó todo para dar muerte al pobre y noble Abel.

Propagación de sentimientos

El secreto de esa expansión de los sentimientos de Caín radica en su estado errante al que fue condenado. Pero, además de errante estaba protegido según cuenta la historia, y nadie podría matarlo porque sería condenado hasta 7 veces por hacerlo. Así que el buen Caín estaba blindado por su Dios. Errante pero blindado. Casi como una alegoría de que la maldad de Caín había que protegerla y hacerla extensiva, antes que pensar en extender la nobleza de Abel.

Evidentemente que esa mezcla de sentimientos entre el rencor, el celo y la envidia, si bien le podían generar a Caín cierta incomodidad por algunas noches, incluso cierta culpa, también se fueron extendiendo en su relación con los otros seres humanos y, poco a poco, casi como en un pestañazo se propagaron por todas partes.

La envidia, el celo y el rencor son alimentos apetitosos para grandes multitudes, y no podemos ser tan ingenuos como para asegurar que no los hemos experimentado en ciertos momentos. Desde luego, hay niveles de experimentación y de repercusiones debido a esa misma experiencia. Algunos van al psicólogo y más o menos se curan, otros contagian de su mal al propio psicólogo. Otros más se reprimen y viven dentro de un cascarón sellado por tales emociones. Algunos más son condenados al destierro como pasó con Caín y van haciendo extensivas sus formas de hacer y de sentir.

 Nos gana el odio, el rencor, la frustración, la envidia y el egoísmo

Quiero ser optimista y señalar que algunos se mantienen alejados de tales emociones, tal vez sean pocos y no tengan mayor peso en la balanza, pero servirán como contraste de los males históricos que nos aquejan en un discurso dominical, ya sea desde un púlpito o desde una plena plaza pletórica de visitantes de todo el mundo.

Porque hay que decirlo aunque nos dé vergüenza: en tanto dizque raza humana pensante y racional, nos gana el odio, el rencor, la frustración, la envidia y el egoísmo.

Le llevan una enorme brecha de ventaja al respeto, la tolerancia, el reconocimiento a las profundas diferencias que tenemos, en tantos sentidos, entre todos nosotros.

La envidia en la vida cotidiana

Hay gente que por envidia le mete una zancadilla al prójimo en el trabajo, en la calle o en cualquier otro lugar, otros tantos, por egoísmo construyen las calumnias más deleznables de las que son capaces; y además, las publican con tanto orgullo que de pronto se olvidan que también tienen madre o hijos. Por  odio se generan las venganzas más terribles, ya sea por cuestiones raciales, familiares o simplemente porque no es aceptable la diferencia; por frustración se puede matar, y no solo a uno como lo hizo Caín. Por odio se pueden matar a decenas o centenas sin la menor consideración: sean niños, hombres o mujeres, con sueños o aspiraciones.

Por todo esto deseo sugerir que, antes que cualquier otro rasgo, en la configuración de los seres humanos en el principio fueron la envidia, el egoísmo y el rencor. Desde ese momento la raza humana se ha visto envuelta en una gran bola de nieve que arrasó con todo y todos.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com

 

 

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