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Explorador de Mundos | En las calles de Buenos Aires, hago un tango

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Fernando Martín  Castro Borges

 

Fue una noche fría, lluviosa, cuando aterrizamos después de 9 horas de la Ciudad de México al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Yo estaba ansioso de hospedarme y empezar desde ya la aventura que me había fijado: caminar hasta caer rendido, alimentar los ojos en cada calle, monumento o jardín que Buenos Aires me pusiera enfrente.

Mi primera visita a Argentina un país que me había propuesto conocer. Desde niño lo tuve muy presente: mi abuela me arrullaba con tangos, “La Cumparsita”, “Adiós Nonino”, “Garufa” y “Uno”, fueron imprescindibles en mi niñez y ya en la adolescencia “El bestiario,” “Los premios” y “Rayuela”, de Julio Cortázar me regalaron mundos llenos de imágenes que hizo que la lectura fuera más que un simple pasatiempo.

Librerías

En este viaje visité la librería el “Ateneo”, en la que cada uno de sus jóvenes trabajadores se siente orgullosos de “laburar” en la más grande de América, y yo, creo que no solo por el tamaño que es impresionante, sino el hecho de que de un teatro de inicio del siglo pasado lo convirtieran en este edificio dedicado a la venta de libros y que el escenario adoptara el espacio de una cafetería, es una experiencia que emociona.

Museos

En el mítico Café Tortoni.

Seguí recorriendo sus museos, el imponente Teatro Colon, el divino y dantesco Palacio Barolo, disfrutando a cada paso sus calles. El Obelisco de 64 metros, uno por cada barrio que había en el momento de su construcción en 1936. No exagero si aseguro que se respira a Borges y Gardel en los cafés, el café Tortoni da fe de ello y, en las librerías del centro, a Cortazar; en las carreteras todavía se puede ver a Fangio. Y qué me dices de La Boca: en cada casa se ve la figura de Diego y de Riquelme, de Messi y Palermo. Pude escuchar a Bianchi apasionado en la bombonera.

Mafalda

No te miento si te digo que estuve con Mafalda en la calle de Chile 371 y que toqué todos los timbres de ese viejo edificio donde vivió Quino y me eché a correr como lo hubiera hecho Miguelito en San Telmo.

¿Qué te puedo decir del choripan? en todas las calles me atrapaba su olor y caí rendido a ese manjar del pueblo; pero también fui seducido con su vino y sus cortes, llevo aún en mi paladar ese sabor aromático del dulce de leche que tienen los alfajores, no hay duda que son el alimento de los ángeles.

Y caminé y caminé, mis ojos no daban crédito de cuántas marquesinas había en Corrientes; qué tan bohemio podía ser, en pleno siglo XXI, Palermo SoHo, en contraste de lo moderno que es Puerto Madero.

Casa Rosada

Monumental la “Casa Rosada”, todavía se ven algunos balazos que intentaron penetrar entre sus columnas y si pones atención escucharás con los ojos bien cerrados a Evita como le hablaba desde su balcón, con un vestido blanco aperlado del diseñador Paco Jamandreu, a los descamisados brindándoles consuelo y reconfortando a todos por su suerte.

En silencio, con la luna de testigo, recorrí de manera respetuosa y solidaria con las madres que perdieron a sus hijos en los 70’s; la Plaza de Mayo.

La Catedral da la bienvenida con una construcción imponente y ecléctica; que invita a pasar y descubrir la diversidad de estilos en su arquitectura, tantos como uno pueda entender la fe. En su nave central es estremecedor, que en la capilla de a lado, donde se adora a la virgen de Guadalupe, descansen los restos del libertador José de San Martín.

Los habitantes viven su Buenos Aires al máximo, los apasiona, se rinden ante su majestuosidad, hablar de Fútbol es llevar a otro nivel el frenesí, tuve la suerte de vivir el paro nacional, a tan solo diez días del inicio de los juegos olímpicos juveniles. Todos los habitantes solidarios, no resignados, cada uno tenía su punto de vista, pero todos haciendo caso al llamamiento social. Un sindicalismo que harían profesional a cualquier negociador político.