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Crónica | Las noches son de las tortugas

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Tortuga inmóvil, en trabajo de parto

Los trabajadores del hotel ejecutan una coreografía a todas luces ya practicada: uno tirado sobre la arena, con la mitad del cuerpo dentro de un hoyo enorme que es casi de su tamaño, mientras el otro, cubeta en mano, va recibiendo unas esferas blancas de consistencia acuosa que acomoda con mucho cuidado en el recipiente.

“Ya van más de 100”, dice el que está encorvado, mientras extiende la mano por debajo de la enorme tortuga que tiene frente a él, inmóvil, dedicada firmemente a su labor de parto, sin inmutarse de la cantidad de curiosos que se han reunido a su alrededor, la mayoría, con el teléfono celular en la mano intentando capturar el momento.

Son las 10 de la noche y, sin quererlo, coincidieron locales y visitantes en un tramo de arena en las inmediaciones de Playa Delfines, también conocida como “El Mirador”. Todos observan admirados el espectáculo del surgimiento de la vida, ejecutado con maestría por una tortuga caguama y los empleados de un hotel de la zona.

Hace una hora, la gente comenzó a aglutinarse en torno a un agujero en la arena, pero no tanto como para incomodar al impresionante reptil que se acercó lenta pero constantemente desde el océano y se internó a unos 100 metros de la orilla. Luego, todos observaron con asombro el intenso movimiento de aletas que fue aventando la arena por todos lados hasta dejar el espacio suficiente para que comenzara este espectáculo de la naturaleza.

Cuando el hoyo fue lo suficientemente grande para que cupiera todo su cuerpo, la tortuga se acomodó y comenzó su extenuante faena, que le requiere absolutamente de toda su concentración, por lo cual, una vez iniciada, los curiosos pueden acercarse.

Nidos protegidos

Miles de partos

“Hay que esperar a que empiece a dejar sus huevos, y ya nos acercamos a agarrarlos. Hay que hacerlo rápido porque después hace un nido falso y esos huevos se nos pierden”, explica un guardia de hotel doblando turno como partero de quelonios, a quien se llamará Irving.

Irving fue uno de los trabajadores hoteleros capacitados por la Dirección de Ecología para saber cómo actuar ante la llegada de uno de estos reptiles. Hasta presume sus conocimientos sobre este ejemplar en particular, que debe tener alrededor de 80 años, dice mientras acaricia el enorme caparazón y le sacude la arena de encima.

Su compañero se llevó la cubeta a la zona de nidos protegidos de este centro de hospedaje. Hay 48 de estos corrales a lo largo de los 12 kilómetros de playa tortuguera de Cancún. Tan solo en Playa Delfines, hay alrededor de 700 nidos, con un promedio de 100 huevecillos cada uno, según datos que comparte la regidora de Ecología, Anahí González.

Desde que comenzó la temporada de anidamiento, se han liberado casi 4 mil crías, que son producto de los 493 mil huevos que han sido trasladados. Aún así, hay algunos huevos que se quedan en la arena, por lo que esas tortugas nacerán libremente cuando termine su período de gestación y buscarán la luz de la luna.

“El problema es que si la luz del hotel es más fuerte, pues van hacia allá”, reconoce la concejal, al tiempo que hace un llamado para que, en caso de encontrarse una “tortuga perdida”, la gente la libere a unos metros del mar, no directamente para que fortalezcan sus aletas mientras nadan a contracorriente.

Particularmente, los curiosos de esta noche tuvieron la suerte de que dos tortugas nacieran. Dos pequeños turistas, con los ojos brillantes, murmuran cosas en otro idioma mientras la diminuta tortuga patalea en la palma de la mano de su papá, quien, con una sonrisa, se dirige al guardia del hotel y le pide instrucciones. Todos se acercan a la orilla y sueltan en la arena al pequeño animal, quien demuestra un conocimiento innato de lo que debe hacer: correr en dirección a las olas.

A lo lejos, llega una tortuga más

Siguen llegando

La noche transcurre con el avistamiento de más tortugas, en total, unas 10. Algunas demasiado lejos del hotel, por lo que tendrán que esperar al próximo recorrido del personal de Ecología para ser resguardados, o quizá nazcan en libertad y tengan que enfrentarse a la vida por sus propios medios.

“Luego lo que pasa es que no podemos estar aquí todo el tiempo y se nos pierden. Nos hablan para hacer cosas de guardia y pues no podemos dejar eso de lado”, explica Irving, quien añade, a pregunta expresa, que no recibe un pago extra por esa labor, la realiza por un sentido de responsabilidad desde hace dos años, durante la temporada.

Mientras los caminantes se dirigen de regreso al estacionamiento de Playa Delfines, se ven obligados a detenerse para no asustar a la portadora de un enorme caparazón que comienza su caminar hacia la zona elegida. Tarda unos minutos en mover su pesado cuerpo pero al final logra establecer su punto en la arena.

El movimiento de aletas se suma al de los visitantes que siguen su camino, de regreso, pues avanza la medianoche y todavía se vislumbra, entre las olas que vienen de lejos, algo que parece una piedra pero nada con certeza hacia tierra firme. En estas playas donde la luna resplandece para guiarlas, las tortugas saben que la noche les pertenece.