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Adiós Tío Dardo | Todos los pájaros te ayudan a cruzar

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Por Luciano Núñez

“Todos los pájaros de esta casa son míos”, me dijo una tarde cuando me vio con la resortera en la mano. “Todos los árboles y los pájaros de esta casa son míos, aquí nadie los toca”, me repitió como un padre reprende con firmeza a un hijo.

Me invitó a tomar mate cocido y después me regaló la primera novela que leí, se llamaba El Enjambre, de Arthur Herzog. Era una trama sobre abejas africanas que atacaban a personas en una venganza natural contra la invasión humana. Era una metáfora para mi vida porque yo había sido exterminador de aves y es algo con lo que siempre cargaré.

Cuando sufrió un incendio se quemó su radio a transistores y compró esta más “nueva”.

Tío Dardo tenía una radio vieja a transistores en la que escuchaba al San Lorenzo de Almagro de sus amores mientras tomaba mates; tenía la tez blanca y en partes colorada como su madre y la mía (su hermana); el pelo marrón claro y el cuerpo grande y flácido de quien ha dedicado una vida de 30 años a enseñar en las montañas.

Fue maestro, empresario tabacalero y, aunque tenía una cantidad incuantificable aún de tierras, se movilizaba en bicicleta con un broche para ropa en el pantalón. Dicen que no soportó la muerte de su madre, mi abuela Esther y le tocó enterrar a 8 hermanos.

Solía leer el diario todos los días y para él no existía lo que no aparecía en La Gaceta. Su lento deterioro comenzó cuando la ciudad empezó a abrazar su alta casona de ladrillos franqueada por árboles coposos que lo encerraron en una vida solitaria y empecinada en los pequeños rituales que tejían su vida.

Esta es una foto que me tomé con él en mayo de 2017.

Una vez al año iba a una procesión y a misa y comía fideos con salsa italiana todos los domingos; quesos y cuando había ocasión, un vino tinto con soda. Era el arquetipo de la resistencia y de la acumulación de naderías: periódicos, cartas y botellas vacías; del empecinamiento y la cobardía a las multitudes vacías. Tuvo muchas amantes a las que prodigó tierras y amor: ni una sola le dio un hijo.

Siempre armado con escopeta y pistola, supo correr la noticia para que nadie violentara su morada que en su ausencia fue incinerada dos veces; ni las armas ni los viejos altares impedían que recibiera anuncios de muerte infaltables ni premoniciones de todo. No había muerto que no pasara por su casa. Era el Buendía de la familia y lo vamos a extrañar. Adiós Tío Dardo. Todos los pájaros te ayudan a cruzar. Descanse en paz.

 

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